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Gran campaña se viene haciendo en Colombia por la paz, en esta época electoral.
Las frases de los políticos parecieron unirse a las oraciones de la Semana Mayor y a los discursos de los prelados y semejaron confundirse todos en un solo abrazo de paz. Pero me temo que no hablaban de lo mismo.
Veamos, la paz política, bandera de un sector, entraña, lleva tras de sí, la reelección presidencial. No lo puede haber dicho con mayor claridad el hermano mayor del presidente: la paz está atada a la reelección del actual mandatario. No se excusa en ello un interés familiar.
Uno puede querer la paz y no querer la reelección, como también puede desear la paz y no saber o no entender o no estar de acuerdo con todo el proyecto en bloque. El presidente Santos ha hablado de refrendarlo con un le gusta o no le gusta, lo que se someterá al pueblo en escueta consulta.
Esto pasa en Colombia, ¿qué decir de Venezuela? Aunque no cabe la comparación. Aquí no hay dictador y hay prensa libre. Ya el segundo tiempo de las conversaciones de Miraflores dejó de ser transmitido. No permitieron ver en directo la encerrona que la dictadura les hace a unos dirigentes de la Mesa opositora. Allí buscan una paz agobiante, que humille a quien discrepa, una paz que es físico sometimiento a las voces atronantes del dictador y su camarilla.
Es fácil hablar de una paz genérica, que dista de la verdadera paz. Paz, esta última, que fuera armonía social, tranquilidad y seguridad de vida y acción para todos. En el país vecino, el rompimiento social es irreconciliable, medio país está enfrentado al otro sin solución aparente. Los dirigentes, en especial los que llaman a conciliar desde el palacio de gobierno —pudimos verlo—, ofenden con su altivez, con sus cobros verbales después de cada intervención opositora. Daba risa (o enfado) ver la reprimenda del vicepresidente tras conceder la palabra, así como las zalemas al introducir el discurso de sus partidarios.
Papel ingenuo jugaron en Venezuela los asistentes de la facción opositora. Fueron llamados a Miraflores para humillarlos y no se sabe por qué asistieron, siendo que no reconocen siquiera la legitimidad del Gobierno. Sin noticia nos quedamos de las razones que tuvo Henrique Capriles para acudir, como de las que pudo tener Leopoldo López para entregarse a la prisión política.
La paz genérica es muy fácil de mencionar en cualquier discurso, pues nadie opina en contra, pero unos la entienden como un sometimiento a través de la guerra y otros como una entrega sobre un papel de territorios o de valores democráticos inalienables. Esto en Colombia, donde nadie sabe lo que se está negociando. Se prepara un gran paquete, el paquete indiscriminado de la paz. El pueblo dirá si le gusta o no le gusta. Lo que, de paso, implica una elección más.