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NO ES ESTE UN CUENTO DE NAVIDAD, a mitad del año que ya avanza.
Ocurrió realmente en mi casa semirrural: la puerta peatonal de la quinta se quedó abierta y pude darme cuenta de ello a las tres de la mañana, como si fuese el Insomne de Carranza (“eran altas las tres de la mañana, callaban el rocío y la campana…”).
La paz de una luna llena sobre las paredes blancas era toda la vigilancia. Mi sorpresa fue grande, pues nunca había ocurrido un olvido parecido. Imagino que si alguien pasó debió pensar que un asunto muy extraño debía estar ocurriendo en la vivienda, no que algo tan obvio y evidente, como una puerta abierta de par en par al amanecer, fuera un simple descuido. La sorpresa comprendía también que nadie hubiese entrado ni nada ni nadie hubiese salido. Tres perritas nuevas permanecieron fieles a su casa, donde seguramente están a gusto. El gato, bueno, el gato sale y entra. Tampoco elemento alguno del jardín, una pala, un azadón, se echó de menos.
Ni una copa del viejo Buick de Lorenzo, que ya a ningún auto le sirve, fue desprendida, entre otras razones porque los ladrones de aquel modelo ya fallecieron. Y repito, porque nadie entró y ello se debió precisamente a que la entrada estaba franca, aunque suene paradójico.
Fue este un episodio sin mayor importancia, aunque ocasionó mi sorpresa y me transportó a otra época, la de mi infancia y, más aún, la del tiempo de las abuelas, que ellas relataban con detalle, cuando portales y zaguanes podían permanecer sin seguro y las personas, casi sin excepción honradas, eran respetuosas de la privacidad, de la propiedad de los bienes y de la tranquilidad de residentes y vecinos.
Qué triste comparar la añoranza de ese pasado con la inseguridad urbana que hoy se vive y la de los pequeños negocios abiertos al público, por ser de su esencia permanecer en un mismo lugar y atender en directo a los clientes. A la modalidad de la extorsión en pequeño, sin que quede un solo negocio sin asaltar, se la ha dejado pasar por alto, pese a ser tremendo atentado contra la iniciativa individual, la libertad de acción y contra el progreso de los miniempresarios.
Vaya minuto de solaz en la quietud de la noche el que me propició la puerta que se quedó abierta sin que los enemigos de lo ajeno la hubiesen hollado, si fue que transitaron por el frente de la casa sin que se hubiesen atrevido a ingresar por la facilidad misma de hacerlo, que era sospechosa. Por lo demás, los perritos y perritas no estaban dormidos, y fueron guardianes celosos de la casa de su amo, junto con la claridad lunar que volvía espejo los muros de cal en el interior del jardín.
Paz tan bucólica no volverá a existir, pero esa noche de insomnio me la reveló y me la hizo gustar. Paz de un país ilusorio.