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Sorprende ver al presidente Santos dándole finalmente la espalda al dictador Maduro, aleccionado porque todo el mundo entendió que la hora de defender los principios democráticos había llegado. Él, Premio Nobel de Paz, no podía quedarse atrás, aunque llegara tarde a la protesta.
Tuvo que olvidarse, tanto él como su meliflua canciller, del papel que venía ejerciendo Venezuela como facilitadora de paz; se vio forzado a entender que no era el dictador Maduro ni Roy Chaderton ni nadie de ese gobierno el mejor socio para su acuerdo de paz, como tampoco Cuba, autocrática y, por si fuera poco, comunista, el lugar más adecuado para adelantar negociaciones que conciliasen con nuestra democracia, perdurable en América, con todo y los defectos propios del sistema.
Sin duda las palabras altisonantes de la canciller venezolana y del embajador de ese país ante la OEA, ya insoportables para nuestros dignatarios, los hicieron reaccionar, así fuera tímidamente, corriendo el riesgo de desatar la furia del déspota.
“Esto ya desbordó todo límite”, masculló como si hablara para ella sola la canciller Holguín y el presidente, con voz un poco más audible, dijo que el asunto venezolano era ya intolerable. Bueno, regresaron los demócratas, los que no han debido irse del escenario político de las Américas. Escuchamos en el foro de María Jimena a Leopoldo López Gil, el padre del martirizado líder, reclamar la flojera de nuestras autoridades frente a los desafueros del vecino, cuando les desmantelaron las casas a nuestros compatriotas, las señalaron con una letra fatídica, se las destruyeron y los expulsaron de la frontera.
Todo se toleró, con miras a la preservación del acuerdo de paz, de claro tinte izquierdista, que habría de conseguir para el jefe de Estado el anhelado premio de Oslo, el cual le llegó finalmente como un salvavidas en el momento en que la opinión, consultada en plebiscito, le negó la aprobación de lo firmado anticipadamente.
Hoy no pudo menos de enrostrarle al de Caracas sus desvíos antidemocráticos, lo que tal vez incomode a la guerrilla que, en boca de Iván Márquez, ve el modelo venezolano como un ideal de proyecto político.
Ahí verá Santos cómo se sale del berenjenal de despotismo en que se metió, el cual a las luces del mundo resultó inadmisible por su injuria a la democracia y como él no podía quedarse atrás, acabó denunciándolo, bajo el peso del honor y de la medalla del también arrepentido Alfred Nobel.
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Dijo en la radio Horacio Serpa que las personas de bien no concurrirían a la marcha del sábado, día en el cual escribo y cuyos resultados ignoro; defecto de concurrencia que bien pudiera haberse suplido con la asistencia de los comprometidos en el Proceso 8.000, que no fueron pocos.