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EL METRO ES IMPERIOSO EN BOGOtá, es un avance en civilización y constituye un beneficio enorme para la población.
No se construye en poco tiempo ni con poco dinero y no se niega que compromete incomodidades de una generación en beneficio de otra; en lo personal, no lo veré yo ni mis hijos, que no tengo. Pero es mi convicción que la ciudad lo necesita.
Las posibilidades que ofrecía el optimismo del alcalde Moreno se han ido a pique, porque no es concebible un contrato más en esta ni con esta administración. Qué lástima. Qué verdadera lástima.
De atribuirle a alguien que Bogotá no esté en camino de tener un metro no será, sin embargo, a don Samuel Moreno, empecinado en poner en marcha el proyecto, con el apoyo de la administración central. No. La decisión viene de Peñalosa. Sin preguntar mucho -ni apelar a la consulta ciudadana- Enrique Peñalosa se decidió por el sistema de buses articulados, contaminadores de diesel y usurpadores de las vías ya construidas durante años de esfuerzo y penurias fiscales.
Pareció urgirle dar una solución al transporte masivo ejecutable en el corto período de una alcaldía, inaugurable y que resultara, además, encomiable por propios y extraños. Se nos vendió la idea de que desde otros países y hemisferios se viajaba a Bogotá a conocer el fenómeno, replicado de la ciudad de Curitiba, Brasil.
En muchos lugares del mundo no sólo es conocido el autobús con remolque o biarticulado sino que es tenido como transporte subsidiario, como quien dice, además del metro. Lo que he venido diciendo en esta columna y con mayor autoridad lo han afirmado Ana Milena Muñoz, hace algún tiempo, y Jorge Enrique Robledo, recientemente.
Fue solución efectiva durante los primeros meses, cuando se le rodeó de códigos de conducta, se organizaron rutas fijas y se percibía una importante reducción en el tiempo de traslado para las gentes de trabajo, entre éste y su residencia.
Desabridos puentes metálicos como de ciudad de hierro dibujaron el panorama estético de la ciudad y no se protegió a los usuarios de la lluvia y del sol, cuando precisamente las filas y la acumulación hicieron insufrible el servicio.
El entonces aspirante presidencial, quien salía con gloria de la Alcaldía y dejaba una ciudad, de un lado abolardada y del otro transmilénica, decía que su mejor propaganda era cualquiera de esos bólidos rojizos, que cruzaban las calles de la ciudad.
Las losas, ya se sabe, quedaron mal. Se aplicó lo que los cementeros llamaron relleno fluido y todas ellas colapsaron, siendo espectáculo diario ver su penosa reconstrucción que, como el tejido de Penélope, nunca se terminará.
Transmilenio está enfermo y el metro, el metro, se hunde en medio de los escándalos de la contratación de Bogotá.