Publicidad

Los desheredados del fútbol

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

NO NACIMOS ALGUNOS PARA JUGAR al fútbol. Todos, en alguna medida, lo hemos intentado en la infancia o primera juventud, en mi caso sin éxito.

Recuerdo haber tapado, como defensa izquierda, un avance peligroso, y haber sido aplaudido, aunque, para mis adentros, yo sólo traté de evitar que ese bólido impactara mi cuerpo endeble.

¿Qué haremos en este mórbido mes de fanatismo deportivo? Huir. Algún refugio habrá en nuestras casas donde la radio no se escuche; algún rincón en los noticieros hablará de la incesante política: tal vez Santos, que ha soltado más y más la lengua, ofrecerá más y más datos concretos de lo que le tocará hacer o, mejor aún, de lo que le toca decir que va a hacer y que luego se verá.

Tal vez Mockus, verde como las uvas verdes, tendrá la cabeza sumida en sus pensamientos más hondos, esbozando conceptos contra cifras y propósitos sanos contra clientelistas ya instalados, que han abordado desde temprano el tren de la victoria, cada cual en su puesto.

Quizás demos con alguna película en que no ruede ninguna bola. Preferiremos no comer albóndigas, para no tener fútbol hasta en la sopa y mejor que ninguna redondez nos estremezca por esta temporada. “Tras de ceñir un talle y acariciar un seno, la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer”, gemía el poeta que parecía un caballo.

Tolero la redondez de los autos, que venero, vetustos y jóvenes y el círculo de sus ruedas que transportan o son bellas en su quietud inútil. La rueda está en el código natural, no hay tal descubrimiento de la rueda, pues en el universo todo es redondo —un balón de fútbol es la réplica de un cuerpo celeste—; todo se desplaza o gira en torno a un centro gravitacional. La distancia regresa y hay un núcleo para todo cuanto existe.

Mis perritos más infantes juegan a la pelota, los perdono, son microfutbolistas; me asombran por su semejanza con el hombre-niño, tanta, que llegan a ser “nuestro prójimo”, como los define Vallejo y el “juego de la pelota” ( “jeu de paume” ), que también ellos practican, se ve parte de su vida esencial. Vida que otro poeta, De Greiff, quería cambiar por cualquier cosa: “Cambio mi vida, vendo mi vida…”, hasta que un ocioso le agregó: “ la cambio por una pelota que rebota”.

Para redondear esta columna, baste pensar que llegará el día de elecciones, uno más, entre gritos futboleros, entre otros tantos autogoles de Mockus y vendrá el pitazo final que consagrará al continuador del Régimen, al segundo “doctor Santos”, el mismo que renunció al periodismo de sus hermanos para saltar por encima de ellos y jugársela en el círculo de la política. Se confronta lo dicho con la importancia que le daba Lleras Camargo al periodismo, siempre y cuando se dejara a tiempo. De bola a bola.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido