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UNA PORTADA RECIENTE DE LA REvista Semana trae como título “ La Resurrección Conservadora ” e ilustra, en muy deficientes imágenes, con los rostros de Miguel Antonio Caro, Laureano y Álvaro Gómez.
Aunque se pretende destacar a tres figuras del conservatismo histórico, hay una confusión, fácilmente atribuible a la juventud del diseñador. En primer lugar, don Miguel Antonio, presidente conservador del diecinueve, no es el que da nombre al partido de Caro y Ospina. Pues este Caro es don José Eusebio, autor con don Mariano Ospina Rodríguez del manifiesto conservador ( 1849 ).
Y, por supuesto, falta definitivamente en la carátula la figura de algún Ospina, si no la de don Mariano Ospina Rodríguez, por lo menos la de don Mariano Ospina Pérez, presidente de los años cuarenta del siglo pasado y émulo de Laureano Gómez, pese a que éste lo postuló a la presidencia, artífices ambos no sólo de ideario y práctica conservadoras, sino desgraciadamente de la profunda división que marcó a ese partido durante la segunda mitad del siglo veinte.
Así, pues, la ausencia de don Mariano Ospina ( cualquiera de los dos ) en el trío de la carátula es de cuidado. Acusa una cierta desatención histórica, si bien se le hace reconocimiento merecido a Laureano Gómez, quien hoy está de moda y parece reivindicarse de tanta contumelia, como le ha caído.
La memoria del Partido Conservador, como la del Liberal, se va hundiendo en las nebulosas del tiempo. Este partido de hoy, de los Cepeda y, sorprendámonos, de Andrés Arias, “Uribito”, es un triste rescoldo de la vieja pasión política, que tuvo, tanto en el lado conservador como en el liberal, un aspecto noble, mientras fue partidarismo de ideas y convicciones.
Un gran azote le han dado los historiadores, todos ellos opositores en vida, a la figura de Laureano Gómez y escritores de nota o novísimos van adhiriendo, sin mayor recato, a la tradicional incuria con que se le ha tratado. La historia la escriben los vencedores y el Partido Liberal triunfó en toda la línea y es mayoría indiscutible, como lo sostiene, por estos días, el jefe único de lo que queda de su estructura, don César Gaviria Trujillo.
Gómez fue un político apasionado, al igual que sus contemporáneos, que merecieron mejor suerte histórica ( Lleras, Santos, López ), y no le quitó la vida a nadie ni fue hombre violento, así le enrostren frases equívocas, que nunca se contrastan con las de sus adversarios. Defendió de la tortura militar a un ciudadano del partido liberal, don Felipe Echavarría Olózaga, y le fue en ello la caída del gobierno. “ Presidente, nos tumban, si desautorizamos al general Rojas”, “que nos amarren”, exclamó, revestido del monstruo, que encarnaba de repente en su personalidad indomable.