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El político-tribuno del pueblo (lo que suena como a Mario, el de la Roma antigua) ha renacido con la corriente del populismo. Me bañé de tribuno con la posesión de Maduro, el pasado jueves. Bien aprendida la lección de Hugo Chávez, su tono, el gesto, los giros caraqueños y la prolongación infinita del discurso, Nicolás Maduro se explayó en oratoria el día de su segundo juramento.
Desafiante, retó mil veces a la potencia norteamericana y a “sus países satélites”, como si él y su país bolivariano no lo fueran de Rusia, China y otros poderosos asiáticos. Pero el cinismo de estas peroratas, por sabido, más vale soportarlo y no ocuparse demasiado de su contenido. Los oradores serios resumen, hacen énfasis en dos o tres puntos y con ello impactan al auditorio, al estilo de J. F. K., modelo que no vale propiamente para un líder comunista, cuyo espejo son las interminables alocuciones de Fidel Castro.
Es lo que se estila en dirigentes socialistas, largas intervenciones, repeticiones, como enseñando en escuela pública, frases reiterativas que piden aplausos a cada instante. Se dicen humildes, de pie al suelo, si acaso modestos conductores de servicio público, son el pueblo mismo necesitado, hoy llenos de alamares, broches dorados y llaves colgantes, depositarios como son del sarcófago del Libertador.
Hora y media de peroración chavista para decir dos cosas: una, que el 231 de la Constitución de Chávez (estaba presente su hermano, Adán Coromoto Chávez Frías) le permitía al mandatario entrante juramentarse ante el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), si había dificultades con la Asamblea Nacional: y vaya si las había: el propio dictador, quien hoy simulaba posesión democrática, la había declarado en desacato; y dos, para explicar cómo él, en persona, era el mayor demócrata del universo.
Verdad que antiguamente se hacían discursos para propinarse dobles y mandobles entre los políticos; al día de hoy, se mandan y reciprocan trinos en el espacio cibernético. Y quienes tienen audiencia asegurada y obligada para discursos son los dictadores socialistas, pues nadie les replica; por ello son los únicos oradores de hoy, abundosos en palabras, “moledores de basura”, diría el inolvidable Bernardo Ramírez.
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Y qué tal el abyecto saludo de la numerosa Corte de Justicia al dictador en trance de posesionarse del mismo poder que viene ejerciendo. Abrazos van y vienen, sin que falte nadie y los gestos dejan ver la admiración que su propio nominador les causa y a quien, por tanto, le aprobarán todas sus tropelías. Sólo observé a dos que saludaron con seriedad y por cortesía; y, bueno, se supo del que escapó a EE. UU., para no seguir cohonestando como magistrado los atropellos del gobernante.