Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Como cada cual habla de lo suyo, deben perdonarme que me refiera —sin ánimo autobiográfico— al Medellín de mi infancia y, llegando al tope infantil de los 15 años, a lo vivido en la capital de la República.
¿A qué viene esto? A los recuerdos, a la nostalgia. Ya lo dijo Gabo, que el pasado nos tiende una trampa y es la de revivirlo a través de la nostalgia.
¿Cómo nos probamos a nosotros mismos que el pasado existió? Hay pruebas materiales, una carta, una pintura craquelada, un mueble gastado, una foto, una prueba del carbono 14, para no hablar del relato vivo de un sobreviviente del pasado.
Como puedo serlo yo, a mis altos años. Cuando recuerdo, por ejemplo, el tranvía de Medellín, con sus dos caras iguales en cualquiera de las cuales se instalaba un manubrio y vamos para adelante o para atrás. Mi tía, que se dormía hasta la Estación Villa, sitio de retorno, sentía vibrar su cuerpo al encajar la reversa, en cuyo sentido viajaría el resto de su movilización.
Nos trasladábamos de ciudad a ciudad en DC3, unos fuertes aviones, más pesados y creíamos que por ello más seguros que aquel de madera en que pereció Gardel, bien que en tierra. Si hubiéramos sabido que todos ellos estaban destinados a caerse del aire —hago la aclaración—, el miedo a volar habría sido insuperable.
Mil cosas más habría para recordar de aquel Medellín honrado y laborioso, algo corto de miras que no fueran económicas. Si uno nacía pintor y poeta, podría terminar como mi primo, el gran Alberto Gil Sánchez, lacerado y bohemio en una pensión de Bogotá (rescaté a tiempo su gran libro “Universo”, testimonio de un piedracielista, como De Greiff, “lontano, absconto y sibilino”).
Bogotá era movible, con sus buses viejos, los “Azules y los Amarillos”, estos últimos me llevaban, la 34 arriba, hasta mi colegio de San Bartolomé. Al llegar, con tres gotas de agua helada en la frente, me encontraba en portería con la imagen de la Virgen, masacrada por las turbas del 9 de abril del 48, cuando el jesuita, que respondía por los alumnos del asaltado colegio, los repartió por las calles aledañas vociferando, en defensa propia, vivas al líder asesinado.
Eran los años 50, aún con algunas cocinas de carbón que atentaban contra nuestras camisitas blancas, tiznadas hacia el medio día. Era la Bogotá del pan, en cuanto la arepa se resistía a subir al altiplano. Las distancias eran cortas y desaparecido el tranvía aquel de viajar colgado, los municipales de tirantas suplían la movilidad de una ciudad, algo sucia y patriarcal.
Qué bueno pensar en estas cosas, cuando la Navidad, una más, entra con sus añoranzas y nos aparta de tanta discusión pública no terminada.