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A UN PRESIDENTE DEMOCRÁTICO LO quieren algunos, a veces muchos (se dice que el 73 por ciento respalda al actual gobierno de Colombia), y otros no lo quieren.
Pero el período de ejercicio del poder en una democracia está determinado, las reglas de juego se guardan y si algún gobernante pretende quedarse más de la cuenta, la Corte se pronuncia y santo remedio, como se ejemplificó recientemente entre nosotros.
En una dictadura, al gobernante no pocos lo consideran necesario, algunos lo idolatran (ocurre en Venezuela y Cuba), pero otros, que no aceptan su desempeño, no pueden expresarse libremente ni representar alternativas políticas; los períodos de gobierno se desvanecen y las reelecciones indefinidas se consideran válidas.
Venezuela ha dado un paso más, y éste al parecer definitivo, hacia la dictadura. La llamada Ley Habilitante que por dieciocho meses una Asamblea, ya de suyo sumisa, ha concedido al gobernante, deja sin oficio a esta misma Asamblea, que apenas queda apta para decretar leyes anodinas o de honores y éstas seguramente dentro de la línea oficial.
La dictadura de Chávez es ya un hecho en la hermana república, como han sido otras en ese país (Juan Vicente Gómez, Marcos Pérez Jiménez), sujeto por largas temporadas a esa modalidad de mando supremo. Es un hecho relevante, es un descaro continental, así esté amparado por mayorías reales, inclusive por buen gobierno en algunos aspectos o por generosa y larga mano populista. Pero espacios para quien discrepe no existen; juego limpio y democrático, mucho menos.
El gobierno Santos, de la estirpe de Eduardo Santos, debe mirar con enorme consternación lo que viene sucediendo en la tierra y en el gobierno de su nuevo mejor amigo. La política de hoy, sin embargo, es la de susurrar cualquier opinión contraria (que no se entere Wikileaks ) y seguir adelante con el propósito de suavizar tensiones con el vecino y de exigir la mutua colaboración contra el terrorismo. Esta comprobación ha de ser cuidadosa, pero imagino que será muy difícil hacer efectiva la exigencia.
De la política anterior, que aspiraba a liderar y encauzar la opinión continental por principios inalterables, a la de hoy existe, desde luego, una gran diferencia. El nuevo Gobierno entró con el ánimo de enfriar el ímpetu belicoso, de respetar la libre determinación de los pueblos y de coexistir en paz, sin dejarse invadir ideológicamente.
Pero no son de esperar mayores logros en el desmonte de los apoyos logísticos de los vecinos a la subversión. Es esta una situación harto vidriosa y compleja, cualquier cosa que lo anterior quiera decir. Con todo, los sondeos de opinión muestran a un país confiado en sus gobernantes.