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¿Quién le teme a Navarro Wolff?

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Yo le temí en una época. Entraba la Navidad y una tarjeta me llegó —aún se usaban— firmada por Navarro Wolff.

Me estremecí, pero me alegré de que el remitente no conociera mi dirección. Llegó a la muy general del periódico, a donde les llegaba a los colaboradores una que otra comunicación desagradable. No existían los foros de Internet. El contenido de la tarjeta era, sin embargo, inocente: un saludo por el nacimiento del Niño Dios. En parte respiré. Pensé que el remitente se sentía identificado con mi defensa de los torturados de Usaquén.

Quién iba a pensar que al cabo de los años, más de veinte, este mismo Navarro Wolff, ya exgobernador de Nariño y con alguna experiencia administrativa, de la que carece su jefe, fuera ahora el encargado de brindar seguridad, no sólo a mí, sino a todos los habitantes de la capital de la República.

San Pablo persiguió cristianos, cometió sin duda delitos de lesa humanidad, pero, en el camino de Damasco, una voz de lo alto hizo que devolviera sus pasos y lo transformó en santo de la democracia, perdón, del cristianismo. Por cierto que la Iglesia parece no tener otro santo para leer sus epístolas que este de Tarso, inclusive la del sagrado vínculo, para algunos de ingrata recordación. Personalmente leo con emoción la preciosísima primera a los Corintios, sobre el amor.

Navarro Wolff, convertido a la paz en los noventa, indultado con su grupo de crímenes de guerra y desmovilizado, cantó del brazo de un antiguo secuestrado, Álvaro Gómez, el Aleluya de Haendel, en el acto final de la Constituyente del 91. Todos lo entonaron al unísono: la voz grave de Gómez, la dificultosa de Navarro y la trémula de Horacio Serpa. Nacía cantada la gran Constitución, que ha tenido más de veinte reformas, entre otras la que restauró con trampas la reelección presidencial, cuya prohibición era cifra fundamental.

Hoy Navarro se ha reencontrado con su antiguo compañero de armas, el nuevo alcalde de la ciudad, venido de los mismos actos de guerra, y es él quien ahora lo llama a su diestra, para implementar no ya la política del terror, sino la del amor, y sólo les falta que expidan al alimón una nueva carta a los Corintios. Difícil creer que se pasa tan fácilmente del terror al amor, pero ése es ahora su discurso. Son los conversos, como lo fue el privilegiado de Tarso, quien, según él mismo, fue transportado al tercer cielo, que no conocieron sus víctimas.

Petro y Navarro olvidarán por un mecanismo de rechazo los daños que ocasionaron cuando fueron rebeldes de pistola al cinto —hoy prohibido su porte—, pero al menos pueden estar tranquilos los conservacionistas del patrimonio histórico: a la elongada Casa de Liévano nada le ocurrirá ni caerán sobre ella tomas ni contratomas con rockets, por una sola razón: es edificio de conservación.

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