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Regreso de Lejanías

Lorenzo Madrigal
08 de febrero de 2009 – 09:33 p. m.

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TRAS UN VIAJE A LEJANÍAS (META), en el que fue secuestrado cuando se transportaba en un auto protegido de la ONU, regresó Alan Jara, luego de siete años y medio de cautiverio. Su desconcertante entereza transmite grandes enseñanzas para la vida. Con razón se le denomina el “teacher”.

Que cómo se puede resistir tan larga permanencia en sujeción humillante, se le pregunta y dice: pensando en lo que puedo hacer cada día —las noches son más largas— y no echando cábalas hacia el futuro. Así vio pasar los años.

Cero elogios al presidente Uribe (“no hizo nada por nosotros”) y si se le pregunta por qué tanta dureza con el mandatario, responde: no es dureza, a eso lo llamamos aquí en el Llano sinceridad. Aplausos.

Pero no padece aquel mal de Estocolmo. No tiene adentro el demonio de Patricia Hearst. Dolió que en la W Radio se insinuara alguna proclividad de Jara hacia la guerrilla. No, señores (y señoras). Más claro no pudo distinguir entre quiénes son los buenos y quiénes los malos. Así, con esa sencillez dicotómica, acalló cualquier duda.

Demuestra a lo largo de su estilo dicharachero, que no deschavetado, como alcanzaron a decirle, un profundo equilibrio emocional y conceptual. No está por el triunfo de la guerrilla, que en su opinión no lo alcanzará nunca, pero reclama el acuerdo humanitario, el cual no tiene por qué debilitar la seguridad democrática, si es tan sólida como se dice.

Clamar por la vida de sus compañeros de la selva —que no “montañas de Colombia”—, por los que se pudren físicamente en la humedad de nuestra selva húmeda, es un grito humano desesperado, que al mismo tiempo denuncia la crueldad de los carceleros y la inhumanidad oficial, que no doblega un instante su cerviz militar.

Uribe, por su parte, prefirió la pelea a la distancia que impondría su rango: hizo frente a las críticas, viajó a Villavo, se hizo recibir en la casa del “gobernador” y enfrentó a la multitud vociferante de amigos de Jara y de periodistas, víctimas de maltrato. A todos les dio contentillo, dueño de micrófono, cuando los otros protestaban con sus gargantas. Y quiso convencer con el argumento de no haberle escuchado nunca un madrazo a un tal comandante, que los usa, en cambio, con los periodistas.

Alan Jara trae renovación, trae frescura, trae una nueva manera de ver la vida, hasta una pausa de comprensión para entender por qué jóvenes campesinos, acosados de necesidad, se enfilan en la guerrilla. Pero que nadie vea en ello ni un asomo de favorecimiento con quienes le “raponearon” su vida y lo violentaron por tantos años.

No teme a los malos entendidos cuando refiere lo que llama el mundo al revés. Así narra la paradoja de haberse visto protegido por las armas de sus captores, cuando las del ejército casi lo alcanzan en su flaquísima humanidad. Son cosas perfectamente comprensibles y, en su relato, verosímiles.

Alan Jara, rarísimo nombre, es bienvenido a un país necesitado de sensatez. Es rara avis en un medio de fanatismos crispados.

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