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ESO LES TOCARÁ A LOS COLOMBIANOS: apelar al bondadoso médico José Gregorio Hernández, para la cura, sin mayor tramitología, de sus dolames y sinsabores físicos “de baja, mediana y alta complejidad”.
Salud, pues, José Gregorio, en proceso de canonización y devoción personal de Lorenzo, quien procura no caer en fetichismos ni vasos de agua en la mesa de noche (excepto, claro está, del recipiente donde el viejo Loren deja sus humedecidas prótesis).
Ambos José Gregorios, tanto el facultativo venezolano como el ex magistrado colombiano, de mechón presliano, son de mi postrada veneración. El primero ya me hizo un milagro patente, en persona que ni siquiera conozco: tratábase de un enfermo terminal de cáncer testicular, el cual —vine a saberlo días después— amaneció reaccionado tras intensa oración; casó luego, en segundas y engendró dos nuevos niños. ¡Gloria a Dios!
El otro José Gregorio, el del bucle traído de los cabellos, es igualmente consultado por Lorenzo en sus opiniones constitucionales, didácticas y contundentes. Dicho todo lo anterior sin sorna ni chiste.
El venezolano (me fascina su estatuilla, por ser el único “santo” que viste chaleco, corbata y sombrero) atiende a sus devotos, dentro del POS o en los casos que el Gobierno califica como de excepción, que son, por cierto, los comunes entre la población colombiana. Lo excepcional es que lo que uno tenga caiga dentro del POS y el milagro oficial consiste en curarlo todo, nivelando patologías por lo bajo, con acetaminofén o ibuprofeno.
Cualquiera puede llegar al consultorio del siervo de Dios, donde hay una sencilla placa: “Yo, José Gregorio” y no hay secretarias que le digan que el doctor no demora. O que consulten un cuaderno manoseado, donde aparezca su cita, solicitada dos meses atrás y eso por la urgencia.
Las drogas recetadas no van al Comité de un Judas de Palacio, que “tasa en rútilas monedas, el bien y el mal”, ni tampoco a un Comité de Ética Médica, pues se trata del recetario de un santo, y son de aplicación oral, como que vienen de orar, orar y orar.
No asistir, pues, a hospitales, no hacer filas interminables ni salir al sereno, agripados, a madrugarle al doctor, que no demora. El santo les resuelve todo, los opera en casa y usted o sus parientes no tienen por qué inventariar y liquidar sus pocos activos para cubrir las saqueadas arcas de la salud en Colombia.
Si bien no se ha de tentar a Dios con exigencia de milagros ni a José Gregorio, a quien sólo le faltan uno o dos comprobados para escalar a la Gloria de Bernini, seamos pacientes, pero no de las EPS y esperemos la evolución favorable de nuestros males. Una oración al día o dos, una cada doce horas, según el dolor.