Se pasó la vida

Lorenzo Madrigal
22 de octubre de 2018 – 12:00 a. m.

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Era frase frecuente de mi madre cuando al ver a un niño convertido en adulto o a una adolescente en madre solícita, el sabor del tiempo le llegaba de repente, entre dulce y amargo.

Para quienes son de interés particular las fisonomías, y en ellas contenida la expresión inequívoca de las personas, reconocerlas al cabo de unos cuantos años emociona y hace mérito para un análisis detallado de rictus, arrugas y comisuras, apenas presentidos en la lozana juventud. Se definen ahora los aires de familia y el carácter que el rigor de la vida ha ido dibujando en cada rostro.

Hoy vemos un tanto mayor al expresidente Uribe, su cabello blanco, que bien oscuro era y como de niño, cuando tomó posesión de la Alcaldía de Medellín. ¿Por qué tienen aquí a un “sardino” de alcalde ?, le preguntaba yo a mi hermano, residente en esa ciudad de nuestra infancia, cuando llegando de la capital tomé el periódico del día y encontré la foto de Uribe Vélez en el ritual del juramento. El tiempo corrió, fue luego gobernador y presidente de largo espectro y aún ahora mentor como sabemos del gobernante de Colombia.

Pregunté a la visita que acaba de irse de mi casa si conocían al presidente Duque y me respondieron que sí, que era buena gente y que era uno de los niños que jugaban en la casa de no sé cuál amigo de ellos. Vaya. Es hoy el respetable mandatario de los colombianos, aunque todavía juega a la veintiuna y hace equilibrios con el balón en su cabeza. A mis años me molesta ver en su muñeca izquierda un poco de manillas de colorines que definitivamente no van con su cargo. Se está engordando y llegará a tener la figura pesada de la canción de Piero y la de todos sus coetáneos de vida ilustre. Nada qué hacer; la vida va pasando. Algún producto de su toilette personal ya nos ha dado un anticipo de cómo será su cabello cuando cane completamente.

Pude observar por internet (que explicita todos los caminos del rostro) la expresión todavía juvenil del hasta hace poco copresidente de la República, don Enrique Santos Calderón. Sus nobles arrugas son más verdad que sus interpretaciones de la vieja historia nacional, tocadas del sesgo de cuna en que “le tocó” nacer. Cuando compre su libro y si lo leo, no de una sentada pues soy de metabolismo bajo, daré cuenta de su contenido parcializado. En su larga charla con la W Radio dijo, por ejemplo, que a Laureano Gómez llegaron a llamarlo “el monstruo” por el terror que le tenían los liberales; decirlo así sólo contribuye a una imagen suya deformada; monstruo se le dijo por admiración a su oratoria y a sus denuncias de corrupción, a tal punto que también se le llamó fiscal general de la Nación.

Envejeciendo vamos y viendo envejecer y al cuento viene esta estrofa de la escuela de Píndaro: “locura es llorar a los muertos y no hacerlo por la flor de la juventud que se marchita”.

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