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Cuando el Estado francés se apresta a inscribirse de nuevo en el socialismo, bajo la batuta de Francois Hollande, elegido en estrecho margen, se puede pensar que nada ostentoso o espectacular vaya a acontecer.
Ya vivió Francia los largos años de Francois Mitterrand (catorce ) sin que pasara mayor cosa y el señor de la bufanda, pasados los primeros años, ningún mal mayor le hizo a la propiedad privada o a la armonía social. París, por supuesto, siguió siendo París. Es bueno, más aún es necesario, que se impongan reformas sociales, que busquen la fementida igualdad de oportunidades, siempre que las intenciones no sean vanas o legitimen la violencia.
Hay socialismos de toda clase. A gusto del consumidor. Del socialismo soviético, con todos sus horrores, se pasó en muchos frentes del mundo a la social democracia, a partidos que inclusive en Colombia tomaron nombres como el de Partido Social Conservador, que quiso imponer sin éxito el expresidente Misael Pastrana Borrero. Más tarde la Constitución del 91 definió para Colombia su orientación primigenia como Estado social de derecho.
Por supuesto que también pueden las ideologías de centro dar alas a los temas sociales y a los intereses de reivindicación popular, pero es verdad que en la práctica la ofensiva tumultuosa de la izquierda las instala en la defensa de lo establecido.
A propósito de ideologías políticas apegadas a la Iglesia, como son las conservadoras, deberían éstas seguir el contenido de las encíclicas sociales, revolucionarias en su tiempo, con todo y su origen vaticano, como fueron las del papa León XIII.
Otro tipo de socialismos se impone ahora en distintas regiones del mundo. Latinoamérica se estrena con el llamado socialismo del siglo veintiuno, seguidor a su vez del modelo cubano. Esta manera social de gobernar a los pueblos conlleva la pérdida de las más prioritarias libertades públicas, la de expresión, por ejemplo, que es definidora de todas las demás.
No hay por qué maltratar al ser humano a título de reivindicar sus derechos. Establecer una lucha de clases, un odio contra el que más ha podido o logrado, derogar sagradas normas democráticas, sólo conduce a guerras fratricidas o inclusive entre naciones.
Uno es, pues, el socialismo en países de decantada cultura, que no desprecian los valores democráticos de libertad y propenden por los de igualdad —para completar la trilogía francesa, se añadiría que los de fraternidad— y muy otro es el que se impone en tierras incultas, que adoptan métodos de lucha, cierto que combinados, pero no civilizados.
A Francia la salvan siempre la civilidad y el humanismo, cuna como ha sido de la democracia occidental.