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Demos gracias, llegó la paz.
Impresionante el interior restaurado de la catedral primada. En una de las esquinas del ábside, el pie pintado del evangelista, que parece de relieve, ha sido curiosidad perenne para los turistas.
Entra el presidente, saludando a todo el mundo: se le ve algo mayor (“ya tiene canas de estadista”, se le zafó al profesor de pelo blanco, Rodolfo Arango, en el foro de María Jimena, “entonces, tremendo estadista es usted”, le replicaron sus compañeros de panel). Es seguido por damas en déshabillé, pero, cuidado, son vestidos de coctel con estampados innovadores; el deán viene con ellas y, entre los diplomáticos, su Ilustrísima Balestrero, émulo del “buen Georg”, el de mejor ver de la corte vaticana.
Es un acto litúrgico-militar. Oficia el prelado castrense; el cardenal Rubén, adolorido de espalda, no se hace presente. La mitra y el pluvial le quedan sobrados al castrense, a quien le falta el amito, pues muestra descubierto el cuello clerical. El coro del Ejército, maravilloso: cantan en latín y parecerá de fábula que esos muchachos digan mañana que aprendieron latín en la milicia.
No se ha demorado mucho el ceremonial, pese a que el prelado se ha extendido sobre el oportuno tema de la paz, contra las instrucciones de la Corte Constitucional en cuanto a campaña se refiere. El Evangelio da para hablar de paz: “la paz esté con vosotros”, “y con tu espíritu”, parece musitar Santos, distraído. Lo mira de reojo el militar de la familia, bueno, el del Ejército, pues el presidente es náutico (no sonó el himno de la Armada, por precaución). A un lado del soldado Esteban, de civil, estaba lo que pensé fuera el matrimonio bipartidista de Barguil y la hija del jefe liberal de la paz, pero no, era otro caballero lo mismo de alto y su esposa igualmente de baja estatura, heroína por nombre: doña María Antonia, en estampados cereza.
Después del solemne Te Deum, costumbre que revivió, siguió el desfile de nuestras fuerzas y su equipamento, algo fuera de tono pues son elementos de guerra y ésta terminó. Sólo que no es tampoco como para que un comando se instale frente a la tribuna presidencial (me hizo recordar el atentado fatal contra Sadat), haga malabares con el fusil y finalmente se postre de rodillas ante Santos y su comitiva, ante las señoras de los estampados, el robusto ministro y otros, en gesto que no sólo recordó al finado Sadat, sino al postrado estamento nacional.
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La instalación del Senado, último acto del día 20, fue una clara desobediencia civil a las instrucciones de la Corte sobre la campaña por el engañoso “sí” a la paz. Al presidente se sumaron los congresistas venteando cartelones, como bastoneros de un show propagandístico.