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Tenía las de ganar

Lorenzo Madrigal
25 de octubre de 2015 – 05:04 p. m.

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Es apenas lógico pensar que Peñalosa las tenía todas consigo.

Miremos, contaba con la experiencia de una Alcaldía que para muchos fue buena, como ejecutor de distintas obras y caracterizado por una sola de ellas, Transmilenio. Él mismo decía que no necesitaba carteles de propaganda y que bastaba con que en las bocacalles cruzara uno de sus encantados buses articulados.

Factor de más que le facilitaba las cosas fue el gobierno reinante a la hora de elegir sucesor. El tiempo-Petro fue más el de una proclama social que el de una guía gerencial del orden urbano. Recuerdo su primera entrevista radial, por la W, cuando resultó electo: dijo que no había querido pelear la Alcaldía de Bogotá, pero que su esposa le había insistido que lo hiciera. En evidencia quedó que ambicionaba la Presidencia de la República, como buen revolucionario y, de hecho, aunque Gustavo Petro ganó, pasando por el medio de los candidatos de centro, se encartó con el puesto.

Peñalosa, un hombre organizado y futurista, era visto por muchos como la tabla de salvación luego del caos. Petro hizo avances no visibles en los barrios, pero se enredó hasta para barrer la gran ciudad. Como un marido nuevo estrenándose de lavador de loza en la cocina de la casa. Él no era para destinos menores. Lo que más le sirvió de los instrumentos que encontró en la Alcaldía fue el balcón del Liévano, mil veces dibujado, para lanzar proclamas y arengar a sus caballerías de recicladores, que le relinchaban en la plaza de Bolívar, su patio de armas. Cual Quijote ante molinos de viento.

Peñalosa, pero también Pardo, figuraban como la antinomia de lo que venía gestándose o indigestándose. El primero de ellos con el aval del diario de mayor circulación y su poder mediático extendido, inalcanzable para otros. Las encuestas lo apuntalaron y fue cosa de segundos su encabezamiento de las mismas, su reflejo en la primera o única revista política y el respaldo seguro del muy leal Centro de Consultoría, de todos los oficialismos. Peñalosa estaba hecho, ya se daba el lujo de incurrir en pequeñeces que lo mostraran atlético, como dar un salto desde los atriles del debate, para señalar en el mapa de la ciudad el preferido municipio de Mosquera. Pensé que todavía podía hacerlo y no le pasaría lo de Fidel Castro, que del atril de sus discursos se fue al piso de bruces, desde su propia altura, que como la de Peñalosa, es un minarete para sus émulos.

Qué le podía pasar a Enrique Peñalosa, sino ganar. Si no lo consiguió, que se revisen las elecciones, como sugirió, con no poca gracia, el candidato Raisbeck, cuando dijo que pediría un recuento de votos si llegara a ganar la Alcaldía de Bogotá. Para mí tengo que un día este joven profesor será un nuevo Virgilio Barco, si para entonces, en unos 15 años, el país sigue siendo una democracia liberal.

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