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Tiempos de reír

Lorenzo Madrigal
14 de agosto de 2011 – 06:00 p. m.

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Hay un tiempo para todo, dice un libro sabio (El Eclesiastés bíblico, 3, 1, sigs.). Todo tiene su tiempo y sazón: tiempo de nacer, tiempo de morir, (…) tiempo de llorar y tiempo de reír. De este último me ocupo, pensando en que también sea importante no reír a destiempo.

El ser humano, entre los vivientes animados, es el único dotado con la facultad de descargar crispaciones neuronales por medio de la risa abierta o de una sonrisa de alivio. Otros seres, pobrecillos, no ríen. El cocodrilo pareciera hacerlo, pero no; lo suyo, al exhibir la dentadura, es bastante agresivo. Los loros imitan a los humanos y emiten carcajadas como si se hallaran en un coctel, pero si uno repara en ellos, su pico permanece retorcido y su mirada sigue palpitante y vacía.

En Colombia, región del mundo donde se generan tantas iniciativas buenas, las hay muy malas como guerras y rebeldías armadas permanentes y horrendos crímenes, que desdicen del genio creador de sus habitantes. En este país (“de cafres”, lo llamó Echandía, uno de sus presidentes) se da también, por generación espontánea, el mejor humor.

Ahí está Jaime Garzón (ya no está, qué desgracia), el querido Jaime, amigo desbordado e impredecible, quien conmovió de risa los años noventa y fue juglar y caminante, múltiple en su quehacer activo. Del calor privado y familiar, desenfadado y risueño, saltó Jaime a la fama nacional y lo cubrió el crimen que frenó su actividad humanitaria. No tiene Jaime imitadores válidos y menos en su faceta de “embellecedor de calzado”, que ideó a las volandas, cuando padeció una ablación dental.

Ya en estos años dos mil, cuando hay que buscar muy ralos espacios para reír, la creación de un Chávez y de un Uribe, en caretas elásticas, con sus voces y situaciones desproporcionadas, como lo han sido, y esto en el programa Los Reencauchados, es muestra del buen humor nacional, no superado ni igualado, pienso, en Latinoamérica.

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Que los izquierdistas no ríen, se dice en caricatura. De hecho hay amargura en los rostros de la protesta y en la de los eternos indignados, con razón o sin ella.

Pero Lorenzo sí puede aportar como excepción afortunada el espíritu propenso a hilaridad del dirigente comunista, ya fallecido, don Hernando Hurtado, cuya recordación le resulta obligada. También lo alivia de tensiones la deliciosa carcajada de Piedad Córdoba, por lo demás divinamente imitada en los programas radiales de humor.

Son doce años del asesinato (incalificable) de Jaime Garzón, a quien nadie ose imitar. Es cierto que el público está ávido de reír y acepta con generosidad cualquier escenario de pan y circo. Pero los que no podemos olvidar a Heriberto de la Calle y a los demás personajes de la tramoya Garzón, sabemos que este genio amigo no volverá.

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