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El tema ha pasado, pero a mí que me expliquen por qué la primera dama de la Nación, doña María Clemencia Rodríguez, no apareció en la fotografía oficial de la delegación colombiana al lado del papa Francisco, en la canonización de la Madre Laura.
Pudo haber razones baladíes, un malestar de viaje u otro imprevisto. Pero allí está el presidente, como corresponde, al lado del papa. No es reunión sólo de hombres, hay damas, está la canciller, el embajador acompañado y varias personas. La foto es amplia, pero Tutina no está.
No me digan que se cumple aquí también, en la biblioteca papal, lo que el enviado de Blu Radio advirtió en el saludo de la plaza de San Pedro, cuando el presidente se acercó solo al sumo pontífice. Mencionó que en el ceremonial vaticano, el honorable matrimonio del jefe del Estado colombiano no es considerado válido ni permite que la consorte se acerque al papa renovador, que se nos presentó en los albores del año. Tampoco podría acercarse el cónyuge, piensa Lorenzo, pues la misma invalidación lo cobijaría.
Si esto fue así, que se me hace imposible de creer, es de pensar que se infirió una ofensa a la Nación colombiana. A la que representa tanto el presidente legítimo como su esposa, conocida por el país con el apelativo familiar de Tutina, de respetuoso cariño.
Llego a creer que la inexplicable ausencia del presidente Santos en la misa de inauguración del papa Francisco, a la cual concurrieron varios jefes de Estado latinoamericanos, los de países europeos, hijos de la Iglesia y otros, pudo tener este obstáculo protocolar secreto, procedente de la indomable curia y sin el consentimiento del recién llegado al trono de san Pedro.
Es el hogar respetable del presidente de la República, el de sus hijos, el que constituye no solamente la primera familia, sino que, por tradición, la consorte del mandatario es mencionada como la primera dama de la Nación, así ella prefiera no ser llamada así.
Lorenzo es tentado de rememorar casos como el de doña Sola, sin caer en comparaciones fastidiosas. Por cierto que, según cronistas, la señora Soledad Román desfiló en memorable ocasión ante la sociedad bogotana, no acompañada del presidente Núñez, su esposo por matrimonio civil, sino del brazo magenta del arzobispo de la capital, monseñor Paúl.
Sería inexplicable, en estos tiempos, un desaire de tal naturaleza a quien el país colombiano respeta y admira por ser quien es, por su digna condición de mujer, y además por ser cónyuge del mandatario, en quien encarna la natural preeminencia democrática. Colombia no entendería esta discriminación ofensiva que ameritaría alguna protesta ante el Estado vaticano.