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Se busca. Un alcalde que, cumplidos elementales servicios (escuelas, comedores, agua en los barrios, asunto de Petro, por cierto) y si finalmente el titular se ve conminado a desalojar, un alcalde, digo, que solamente dicte un decreto.
Un decreto que parecerá frívolo, del que algunos dirán: pero qué tontería. Del que otros preguntarán: ¿dónde está la inversión social?, ¿dónde la libertad expresiva?, ¿en qué paró la productividad de Bogotá, en qué el empleo? Un solo decreto.
Un decreto que haya de cumplirse en cuatro meses. Perentorio, mas no dictatorial. Nada de funcionarios cuchilla, mal encarados, engreídos; necesitamos creadores de mística y de acción ciudadana. Y que sonrían. Y, bueno, poner manos a la obra.
Un decreto de aseo y decoro (no digo de limpieza, porque los grupos criminales entienden por limpieza otra cosa). Ordénese y cúmplase: fachadas y culatas, portones y encierros píntense, y bórrense todos los grafitis, todos, con la sola excepción de los contratados, hecha evaluación de su calidad y decencia.
De lado a lado en la extensa ciudad. Algunos lugares carecerán de personas responsables que lo puedan hacer; otros tendrán propietarios insolventes para llevarlo a cabo. La ciudad ha de suplir y suministrar pinturas y brochas. Ha de estimularse el autoesfuerzo, bajo un cierto control, para evitar el mal gusto. La sociedad de ornato cumplirá una función controladora y amable.
No es hora de demoler lo mal construido; no se modificará lo disparejo de las edificaciones; no se remendarán los portones pobres (la pobreza no es deshonra), aquellos que ya han acumulado pintura de años (sobre ese cascarón, una nueva mano). La ciudad fresca y nueva dará un mejor aspecto y ese grado de cultura que el aseo implica comenzará a reeducarnos y tendremos de nuevo el gusto por la armonía y la limpieza.
Un solo decreto, motivante, sin salvedades, apenas como para un burgomaestre de medio período, quien dejará, sin embargo, huella de su paso por la Alcaldía Mayor de la capital.
Le agradeceremos en silencio todos y nos sentiremos orgullosos de las muchas cosas buenas que Bogotá tiene para mostrar. La Candelaria volverá a ser bella. Transmilenio será una hermosa mancha roja que se desliza (sobre losas saltonas) por una Avenida Caracas limpia de dibujitos de Mickey Mouse y de groseros tachones. La limpieza nos hará sentir el clima frío como si fuera de Londres y los días esplendorosos como de la Costa Azul.
Sólo un decreto compañero ha de dictarse y es el relativo a un aumento de fuerza pública, no sea que se roben las brochas, las escaleras, que atraquen al que lo cogió la tarde y esté pintando su casa, llegada la noche.
El alcalde, por no hacer nada más (falta gravísima), será destituido e inhabilitado por diez años, pero a la ciudad nadie le quitará lo pintado.
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Tres pasajeros en auto por el centro de Bogotá. Que sean cuatro, para poder dejar al que llevamos y salir incólumes.