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Un león en una jaula

Lorenzo Madrigal
22 de noviembre de 2009 – 07:16 p. m.

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SE HABLA AHORA DEL SILENCIO DE Estados Unidos en lo relativo al conflicto de Colombia y Venezuela y, de este lado, se llega a pensar que nos estamos quedando solos. Hay algo de nerviosismo en esta inquietud, pero no. No la creo justificada.

Otra cosa es que de Barack Obama se sabe bien poco. Ya lo decía su candidato rival que parecía una vedette en giras de farándula. Frase propia de las ofensas de campaña. Hay que esperar. Desentrenado puede estar, por supuesto. Bastante frío también con el tema latinoamericano, pese a lo que podría esperarse de su condición de demócrata.

Pero de Obama se sabe poco. Todos empiezan mal. Recordemos a Kennedy con Bahía Cochinos y las decisiones aceleradas que debió tomar en la culminación de un plan que era del caletre de Ike (Eisenhower). Lágrimas le costó su fracaso, sentado al borde de la cama, según relatos infidentes. Luego maduró en el ejercicio del mando, muy relativo, del país más poderoso del mundo. Y ya maduro, como se sabe, cayó asesinado.

La escalada armamentista de la vecina Venezuela, el movimiento de tropas y juguetes de guerra y la sarta de insultos provocadores por parte de quien es amo y señor de medio pueblo (y el otro medio acallado), son prueba de que necesitamos defendernos como país.

El agresor pretende que nuestra nación permanezca indefensa, con el criterio de quien asalta con mayor facilidad en descampado. Y si el país agredido se acoge en defensa a la proximidad de las fuerzas norteamericanas —policías han sido del mundo— eso exacerba más al agresor, que quiere expandir su socialismo de nombre propio, mezclado con una dictadura de la peor laya.

No pienso, pues, que Norteamérica esté tan indiferente. Si permanece callada frente a la verborrea de Chávez, es de creer que lo hace para evitar desafíos inocuos. Posiblemente Chávez necesite de esa respuesta, para desfogar la cólera que alivia sus ansiedades, pero EE.UU. no necesita darla. Está allí, sin rugir, como un león semidormido en su jaula.

Posiblemente no tan buenas consecuencias traerá a nuestro país esta dependencia, de la cual será difícil sacudirnos, cuando pase el peligro y la democracia regrese a los vecinos y, hay que decirlo, también a nuestro país. Es un efecto indeseable de una droga salvadora, aplicada en un momento de emergencia.

Al área norteamericana no hemos dejado de pertenecer, particularmente desde los tiempos de la segunda guerra. Hay que recordar que, si bien una mayor influencia nos venía antes de Europa, desde la segunda guerra, quedamos enfundados en la bandera aliada, que lideró Estados Unidos, y de todos modos hacemos parte de esos pueblos que, en una generalizada concepción, configuran lo que se llama Occidente.

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