Una novela de aguinaldos

Lorenzo Madrigal
16 de diciembre de 2019 – 12:00 a. m.

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La Navidad que irrumpió con todo su aparato de luces y muñecos de colores ocupó el lugar de la sorprendente protesta de los días recientes. Este repentino motín, copia del que viene rodando por América Latina, es una rara queja de humanidad agobiada, de pronto consciente de sus deficiencias, de sus derechos atropellados por mil gobiernos, que estalla al servicio de políticas bien conocidas, cuyas orejas de lobo no dejan de asomarse detrás de conciertos artísticos, de marchas no violentas, que se desarrollan cual maratones de deporte y de física alegría de vivir.

Pero la Navidad es tozuda, todo lo interrumpe, todo llanto lo endulza, toda reclamación la aplaza; es principalmente de los niños y nadie se la puede quitar, en acto que parecería inhumano. Y he aquí la paradoja, cuando una insólita presión sobre el Gobierno, como ha sido ésta, convocada de mil maneras —igual que en las campañas políticas—, ya pretendía la caída del régimen, y en su fase violenta —no deseada pero inevitable— casi lograba la destrucción de cosas que el país ha ido consiguiendo en lento desarrollo, todo ello se interrumpe necesariamente por la inocente Navidad hasta nueva orden y queda en suspenso. Que es como decirle a la Nación: no se pierdan esta interesante serie.

Volveremos en enero, dicen los guionistas de esta novela, que ha tenido tanto de fiesta como de amenaza. Y es muy probable que esas personas iracundas de los foros sesgados regresen y puedan realmente sacudir a los muchos que las siguen y logren despertar de nuevo la protesta en un perezoso comienzo de año.

Estas manifestaciones no se mantienen indefinidamente, aunque en Chile y Hong Kong se ha demostrado lo contrario. Pero lo que más asombra en Colombia, pueblo alegre al fin, es que se mezcle una protesta con el folclor y la alegría, algo así como si se tratara de marchas al parque, para decirlo en el argot de nuestra cultura del entretenimiento.

Esa confusión bien puede hablar de un pueblo altamente civilizado en que los reclamos sociales se formulan en conciertos y serenatas, o interpretarse como que se desfila por el jolgorio de la vacación que implica, del desorden que desfoga los ímpetus represados contra todo, con indiferencia por los temas dispersos que cada grupo apadrina.

Si se logra continuar con el movimiento, y si actos repetidos no enfrían el entusiasmo, los marchantes van a buscar con ello una de dos cosas de tipo francamente político: la primera, que el Gobierno continúe obstaculizado en sus funciones básicas de garantizar la vida, honra y bienes de las personas, y despliegue la fuerza del establecimiento; otra, que en opción inverosímil, el presidente dimita y deje el cargo en manos de su vicepresidenta, lo que haría que muchos de los descontentos con Duque lamentaran los ajos y cebollas de Egipto.

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