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El latinajo ”vox clamantis in deserto” (voz del que clama en el desierto) es traído a cuento por el nuevo jefe de la guerrilla, en una de sus cartas recientes, y es glosado por el columnista Plinio Apuleyo, ironizando porque aquél fuese capaz de tal alusión en latín a un texto sagrado.
La forma como Timochenko transcribe el latinajo, tomándolo a su vez de Fray Antonio de Montesinos, incluye el pronombre de primera persona: “ego vox clamantis in deserto”, que no está en el texto de Isaías y que además es de poco uso en latín. Por lo demás, no es el Bautista quien dice de sí mismo: “yo soy la voz que clama, etc.”, sino que de él se dice tal cosa.
Las citas latinas suelen tener maltratos sintácticos. Aquí fue el fraile Montesinos quien creó la confusión, si así se la puede llamar. Él mismo, predicando en favor de los indios de La Española, se autoproclamó con arrojo: “Yo soy la voz del que clama en el desierto” (dejó tácito el verbo ‘ser’ al decir “ego vox”, por “ego sum vox”, para seguir con el genitivo clamantis, en aparente aberración gramatical).
Pero, en todo caso, que los dirigentes de una subversión armada y cruel se quieran parecer a una voz clamante en el desierto resulta irónico, como pocas cosas pueden serlo. Voz en grito, más bien, y sin eco alguno, la de los secuestrados en la selva, solamente apagada por el ruido de los fusiles que dieron cuenta de sus vidas, en completo estado de indefensión y desespero. No porque el Ejército haya pretendido o no un rescate de rehenes en la selva, autorizaba a sus captores a disponer en forma brutal de las vidas que pendían de su voluntad caprichosa.
El Bautista, que clamó en el desierto, fue víctima de persecución y muerte, a manos del tirano, por predicar un bautismo de penitencia, en contra de la corrupción reinante. En ningún caso ejerció él mismo la violencia, ni siquiera en contra de los corruptos que denunciaba, a quienes únicamente azotó con la palabra. A las aguas lustrales del Jordán llegó Jesús, apenas adulto, a recibir él mismo el bautismo purificador, pese a estar limpio por antonomasia.
Hay quienes se han sorprendido de la literatura prolija y culta que maneja el nuevo líder de la subversión, con un pie en cada frontera. Pero otros como Plinio (el joven) atribuyen a inspiradores secretos y a redactores fantasmas los textos de Timochenko. Un viejo encono del columnista con el benemérito padre Javier Giraldo lo lleva a sospechar también de éste como inspirador de esa literatura. Clarísimo que el escrito no es suyo; no imagino allí al padre Giraldo, en la sobriedad de su estilo, ni es él inspirador de guerrilla alguna; detrás de nadie está el padre Javier Giraldo, frentero como ha sido, quien a las propias citaciones judiciales se ha opuesto con un desconcertante poder moral.