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No había visto que alguien se diera a conocer ganando en elecciones. Pues Duque lo hizo. Ya no hay que decir ni su nombre de pila, Duque ya suena duro: Duque es Duque. Es el que es. Un gran descontento lo reclamaba y estuvo ahí; ignoro si llegará y si se lo permitirán.
Hay gente que salta a la palestra de modo intempestivo. Uno recuerda siempre el caso, ojo que bien distinto, de Antanas Mockus, quien se dio a conocer literalmente mediante aquel gesto escandaloso, siendo rector universitario, el cual por su simplicidad y transparencia se recordaría más tarde como un plus para conquistar electores. Estudien sociólogos y sicólogos tan inusual acto y su reacción, tal vez de uso en tierras lejanas.
En el enredo de lo que son las elecciones hoy, Duque se sometió a una arriesgada consulta con la precandidata del verbo imparable, doña Marta Lucía Ramírez. Ganó Duque, pero la emulación más pareció haber sido con Gustavo Petro, quien adelantaba una consulta similar, un tanto artificial ella, dentro de su corriente de izquierda.
Petro era y es el coco, por la demostración del país vecino donde se cumplen y desarrollan ideas como las suyas. En la comparación de las dos consultas, que no estaban hechas para ser comparadas, salió más votado el nombre de Duque (como más numerosa fue su consulta, incluidos posibles y numerosos colados) y cundió en el grueso público la percepción de su llegada, en temprana hora, al poder.
Sólo quiero registrar lo que fue notorio: esto es, el aura triunfalista que rodeó de repente al candidato “que dijo Uribe”, un buen aire que tiene en vilo a comentaristas, que llaman a somatén, con todas las alarmas puestas. Y no creo que haya por qué asustarse de esa manera.
El caso Petro, que se vino abajo en una medición comparada, hubiera alarmado más, dado lo que él mismo ha dicho y prometido: asamblea constituyente al día siguiente de su juramento. “Juro sobre esta moribunda constitución”, fueron las palabras sacramentales de Hugo Chávez, al recibir de Rafael Caldera el mando de Venezuela. Y se afirmó en el poder mediante un Estado de derecho fabricado a su antojo. Todos recordamos la Constitución pequeñita que mostraba entre sus dedos el primero de los dos dictadores venezolanos. El estilo Petro podría llevarnos a algo parecido. Ya Santos dio el primer paso al desarticular la Carta Política y convertirla en un amasijo cubanoide.
Mas, para qué satanizar a Santos si hay que aceptar lo que su gobierno, sin consulta, escogió para la República; nadie rechaza la paz, lo que se rechaza es el proceso y el país ya lo hizo en plebiscito. Ahora se nos invita a optar por una posición anodina, insípida, sin contradicciones, estilo Mockus, eterno juglar y a tararear generalidades con el nuevo flautista, don Sergio Fajardo, caramillo en mano y cabellera al viento, tra, la, la.