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Yesid, jefe de policía

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No sé bien cómo llegó a ser la Fiscalía General de la Nación un poder político.

Segundo puesto de la Nación, le dicen, aunque también lo dicen de otros; sus titulares alardean de autoridad en temas constitucionales y en procesos de paz y, bueno, ya en lo suyo, innovan en materias penales y sancionatorias.

La propia función acusatoria y su presencia activa en los juicios, si bien no se descuida, va quedando relegada, en poder de fiscales subsidiarios, frente a la preeminencia del gran fiscal general, el que se codea con lo más alto de la dirigencia nacional. El mismo que ha creído en ocasiones que de ahí se salta, bajo todas las luces del periodismo, a la propia candidatura a la Presidencia de la República.

Lo que parece un contrasentido es que un caballero de la abogacía y de la política se transforme en un jefe de policía judicial y comandante de un ejército de uniformados de negros aparejos, corazas antibalas, tenebrosos chalecos y cinturones con los que atropellan a los ciudadanos que caen bajo su custodia. Hay que ver cómo arrastran a personajes, a veces de gran respeto, cuando son conducidos a mazmorras provisionales, mientras se define su situación jurídica.

Y el señor que determina todo esto es un cachaco perfumado, que acaba de llegar o sale para salones exclusivos a departir con los grandes heliotropos de la sociedad. Es en realidad un policía de civil, con cargo de comandante, un respetable hombre de la milicia.

Yo no me imagino en ese papel a un Yesid Reyes Alvarado, a quien sólo conozco virtualmente, hombre estudioso, de ademanes finos, docente y conocedor de leyes, de elegancia formal, encarnación misma de la civilidad y del respeto al derecho ajeno. Sin demérito de la función policial, tan necesaria a la sociedad y sin duda una noble vocación, me pregunto si la descripción del caballero anterior corresponde a la de un jefe de tropa, capaz de emitir órdenes marciales.

¿A qué viene esto? No a que Yesid no pueda ser el fiscal, todo lo contrario; supongo que va a serlo. Va a que yo pienso que no le gustará ser el escogido por la Corte. La impronta que dejó Eduardo Montealegre es la que refuerza esta paradoja de origen constitucional que hace recaer en un mismo funcionario las graves decisiones de Estado y la comandancia de una fuerza de choque. Él hizo uso de ambas prerrogativas, desafiando en conceptos a la Procuraduría y encarcelando a quien quiso con estrujones y tropelía.

Los tiempos dan para que una mujer (la doctora Mónica Cifuentes) pueda ser nombrada fiscal general. En cuanto a Néstor Humberto Martínez, el ternado restante, parece tener lujo de resistencias políticas e impedimentos. Su carácter luce más duro, como para el cargo, sin que se olvide que es hijo legítimo del humor.

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