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La semana pasada fue una de las más convulsionadas de la historia reciente.
En 48 horas, el mundo se sacudió con un terrible acto terrorista en Niza y un golpe de Estado en Turquía. En Francia se contabilizan hasta ahora 84 muertos por culpa de un radicalista inspirado por el Estado Islámico, mientras que en Estambul son más de 200 los caídos a causa de un levantamiento militar fallido para tumbar al presidente Recep Tayyip Erdogan.
En medio de este panorama tan agitado, ver que Colombia se destaca por estar adelantando un proceso de paz con el enemigo acérrimo del establecimiento, encarnado en las Farc, es un respiro global. No hay otro episodio contemporáneo que genere esperanza en medio de tanto extremismo, golpes y muerte.
Obviamente, nosotros más que nadie entendemos qué es el terrorismo en su máxima expresión. En nuestras memorias retumban aún los bombazos de la guerra de los carteles de la droga y las acciones sanguinarias de las Farc y el Eln, pero por estos días en que también el mundo se estremece por la división racial y el aumento de los tiroteos en Estados Unidos, vivir en Colombia es, a pesar de todo, ser protagonistas de un episodio en el que la vida trata de ganarle un espacio a la muerte.
Estar del lado de la paz en Colombia es estar en el lado correcto de la historia. Por mucho que nos duela que los líderes de la guerrilla más sanguinaria de América no cumplan las penas que tendrían que cumplir en un escenario de justicia total, es importante aceptar que se trata de la única manera en que podemos intentar construir un mejor futuro para todos. Reformar a los delincuentes y entregar nuevas oportunidades son la mejor manera de crecer como nación. El más reciente ejemplo de esto lo ha puesto Holanda, que tras implementar un sistema carcelario y judicial enfocado en la resocialización del individuo, ha visto cómo se han reducido drásticamente los índices de criminalidad y delitos, a tal punto que se ha visto obligada a empezar a cerrar cárceles y centros penitenciarios.
En el lado correcto de la historia también está blindar severamente el sistema educativo nacional, que desde ahora debe ser prioridad del Ejecutivo. Se debe aprender de las lecciones obtenidas en cada una de las iniciativas de impulso gubernamental que terminaron siendo invadidas por la corrupción y los intereses políticos. No sea que, de la misma manera que la infraestructura o la chatarrización, las buenas intenciones administrativas terminen siendo carcomidas por el apetito de los mismos contratistas del Estado expertos en robarse nuestros impuestos. Por eso el proceso de paz debería estar respaldado con una fuerte política de respeto a los dineros públicos, en especial los dedicados a la educación.
En medio de este panorama global convulsionado, Colombia, entre todas las naciones del mundo, tiene la oportunidad de hacerlo bien. Es responsabilidad de todos, incluido el expresidente Uribe, contribuir y estar del lado correcto de la historia. Todo empieza con actos muy sencillos, como el de responder con altura a las cartas que envía al presidente en funciones. Lo cortés no quita lo valiente. Escuchar es a veces mucho más valiente que hablar.