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Según lo revelado por el contralor Edgardo Maya, lo de Reficar es sin duda el robo más grande en la historia de nuestro país. Los encargados de estructurar y ejecutar ese desfalco a los dineros de la Nación demostraron que, en términos de creatividad, simplemente no hay límites para la sofisticación criminal. Este nuevo episodio de corrupción nacional es tan elaborado que los contratistas, otrora ejemplo de cómo sacarle dinero al tesoro público haciendo dos o tres veces la misma obra, quedan como niños de transición al ser reemplazados por verdaderos contratistas de contratistas.
Según la olla que empieza a destapar la Contraloría, la construcción de Reficar costó US$4.023 millones más de lo que inicialmente se había previsto, para llevarla a un total de US$8.016 millones. Para ponerlo en contexto, este dinero representa 1,5 veces la ampliación del canal de Panamá, cuatro veces el valor de lo que el Estado recibió por Isagén, lo que vale la primera línea del metro de Bogotá y, lo que es más doloroso, el monto que el Gobierno espera recaudar con la reforma tributaria, incluido el costo del posconflicto.
Desde el principio todo salió mal. La modernización de la Refinería de Cartagena fue aprobada durante el gobierno de Álvaro Uribe y adjudicada a la multinacional Glencore, una firma que, según la Contraloría, no tenía la idoneidad ni experiencia para manejar un proyecto de este tipo. Años después, y tras haber dejado amarrado un contrato con CB&I, otra empresa que no tenía experiencia en el tema, Glencore abandona la iniciativa. Lo que viene es, tal y como lo relata Maya, una feria donde la modalidad que reina es la de yo recibo el contrato, no para ejecutarlo, sino para subcontratar a otra empresa y quedarme con una jugosa porción del pastel.
Antes de estos hallazgos de la Contraloría, la olla hedía considerablemente. Por eso, el 16 de agosto de 2012 el entonces ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry, con golpe en la mesa y todo, discutió con el presidente de Reficar, Orlando Cabrales. En una reunión de seguimiento a la obra, Echeverry protestó por los sobrecostos, que entonces eran de sólo US$1.500 millones. En declaraciones posteriores, Cabrales, con algo de sorna, comentó que Echeverry entró en delirio. Enojo que, por lo menos a la luz de hoy, parece más que justificado.
En momentos en que las vacas se ven más flacas que nunca, vuelve la pregunta: ¿qué pasó con los dineros que se lograron durante las vacas gordas? Toda la evidencia apunta a que las ratas no dejaron nada. Antes que cualquier reforma, lo primero que se debe hacer es una lucha frontal contra la corrupción. Para el presidente Santos, a quien tanto le gustan los imposibles, ahí está una tarea titánica por emprender cuando se cierre el proceso de paz. Por estos días que se celebra en Washington el éxito del Plan Colombia, sería bueno empezar su nueva etapa con una guerra sin tregua contra los corruptos y que las bombas racimo sean reemplazadas por acciones legales contundentes contra los que roban sin piedad.
Así que, cuando se vea en un trancón infinito en la capital, le cobren más por la energía producto de las aspiraciones de los nuevos dueños de la energía en Colombia, le pidan más impuestos para financiar el déficit fiscal o le soliciten contribuir a la paz vía tributos temporales que todos sabemos serán permanentes, acuérdese de las ratas de Reficar, un capítulo más de una serie infinita de roedores que, gobierno tras gobierno, no dejan nada.