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Guaratiba está en la zona oeste de Río de Janeiro.
Allí se preparó un gigantesco escenario cuyos números son simplemente impresionantes: 1,8 millones de metros cuadrados de extensión, 4.400 baños, 52 pantallas gigantes, 84 puestos de atención, 65 torres de sonido, además de una plataforma que sostiene un set central que simula una silueta de rascacielos de cuyo centro emerge una enorme cruz.
Evidentemente es un lugar donde se invirtieron millones de dólares para que fuera epicentro de una misa a campo abierto y una vigilia el sábado durante la visita del papa Francisco a Brasil. Sin embargo no se pudo utilizar. La lluvia intensa, inusual en Río de Janeiro, hizo del recinto un verdadero lodazal. Las autoridades locales y el Vaticano decidieron entonces mudar el evento a las hermosas playas de Copacabana, que terminaron siendo el sitio de los eventos de esta Jornada Mundial de la Juventud.
La determinación no sólo causó un verdadero caos en la ciudad, sino que desató severas críticas a la administración local. La gente se pregunta por qué no se previó que esto podría pasar, ya que nos encontramos en pleno invierno en esta parte del planeta, y qué pasó entonces con los recursos públicos que se destinaron al acondicionamiento del lugar.
No son preguntas menores. Están en el centro del debate en momentos en que la cuenta regresiva para el inicio del Mundial de Fútbol del próximo año avanza rápidamente. La inutilización de la explanada en Guaratiba puso en evidencia la improvisación con la que se ha manejado este multitudinario evento internacional que sirve de termómetro para la realización de la Copa Mundo. Sobre el tema, la Alcaldía ha evitado dar detalles y no se ha referido a la cantidad de dinero destinado para acondicionar el sitio de la celebración religiosa, pero con sólo darle un vistazo es evidente que sus costos fueron altos.
Pero no sólo esta situación generó descontento en el primer viaje internacional del sumo pontífice. También la logística, el transporte y la seguridad generaron descontento en el país. La llegada de peregrinos sobrepasó la capacidad hotelera de Río, lo que tiene a centenares durmiendo en la calle; reventó el sistema de transporte público, que vio cómo su metro suspendió actividades por fallas en el fluido eléctrico, y provocó la especulación de los taxistas, que decidieron cobrar hasta tres veces el verdadero valor de sus recorridos.
A esto se suma el problema de seguridad. Tan sólo en la noche del viernes las autoridades recibieron 80 denuncias de robo en las playas de Copacabana mientras se realizaba una gigantesca vigilia. Los peregrinos rezaban, los ladrones empataban.
Todo esto en medio de protestas que las autoridades han intentado minimizar, pero que, de la misma forma en que ocurrió en la Copa Confederaciones, han llamado la atención de los medios. Los manifestantes aseguran que el Gobierno ha gastado de manera excesiva en la preparación de eventos internacionales como este, que significó una inversión cercana a los U$160 millones, y sigue sin satisfacer las necesidades básicas de su pueblo.
Esta situación, sumada a un evidente retraso en las obras de los estadios a utilizarse en el Mundial, ha provocado ya la preocupación de la FIFA y la burla internacional. The Chicago Sun Times, uno de los diarios más populares en la capital de Illinois, publicó una columna en la que le decía al Comité Olímpico Internacional que dada la situación en Río, aún estaba a tiempo de cambiar la sede de los Juegos Olímpicos que le fue otorgada a esta ciudad brasileña en lugar de Chicago. Algo que, dado lo que estamos viendo hoy por hoy desde Copacabana, aunque suene antipático, parece tener cierta razón.
* Luis Carlos Vélez