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La elección de Barack Obama como 44º presidente de Estados Unidos ha sido uno de los episodios políticos más emocionantes en la historia reciente de la unión americana. Pero la emotividad de su selección como presidente de la nación más poderosa del mundo ha sido directamente proporcional a la desilusión que ha generado su administración.
La campaña para la Presidencia de 2008 fue más corazón que razón. Entonces, los debates políticos no eran sobre Obama y su programa de gobierno sino contra George W. Bush. En su momento se hablaba de lo importante que era para EE.UU. enviar una señal de reconciliación global con alguien que se distanciara de las guerras de Irak y Afganistán y se le daba gran valor a la premisa de que ya era hora de que un afrodescendiente llevara las riendas de un país mayoritariamente blanco. Pero la realidad es que poco se hablaba sobre sus verdaderas banderas programáticas y capacidad de gobierno.
Esta semana ha sido especialmente difícil para el mandatario y al mismo tiempo una confirmación de que muchas de las promesas que se hicieron en campaña no eran más que simples ilusiones y buenas intenciones. Tres escándalos estuvieron en la agenda. El primero: un plan del Gobierno para espiar masivamente las comunicaciones de los estadounidenses, incluidas líneas telefónicas y cuentas de internet. El segundo: escrutinios impositivos localizados a grupos de oposición. Y el tercero: una investigación judicial a la agencia de noticias AP.
Las críticas en los medios por estos días son múltiples. Se cuestiona que un hombre que fue elegido por ser el representante del “cambio” al régimen Bush esté actuando más conservadoramente que su predecesor republicano. Se critica que un mandatario que se vendió como un respetuoso de las diferencias de pensamiento esté liderando una administración que presuntamente acosa vía impuestos a sus contradictores. Y se rechaza que un político que tomó fuerza en campaña gracias a los medios ahora sea testigo estático de cómo se registran los teléfonos de una de las agencias de prensa más grandes del mundo.
La desilusión frente a Obama es evidente. Según números de la encuestadora Gallup, su más reciente nivel de popularidad es de 48%, mientras que su registro más alto, a principios de gobierno, fue del 69%. Incluso sus niveles en el contexto histórico son bajos. El promedio de popularidad de las presidencias según Gallup es de 54% y para los presidentes durante su decimoctavo trimestre es también de 54%.
¿Desilusionado? Y eso que no hemos hablado de la promesa de una reforma migratoria para los hispanos que tanto respaldaron su campaña que nunca llegó, ni de la tan prometida reforma a Wall Street para ayudar a los ciudadanos que perdieron sus casas, ahorros y vidas económicas con la crisis financiera de 2009, que desapareció. ¿Qué le pasa a Obama? Nada. Realmente nunca se supo a quién se eligió.