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¿Racionamiento solapado?

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“¿Qué va a pasar con nuestros ahorros? ¿Con nuestro plan de retiro?”, preguntó una secretaria en medio de sollozos en la oficina. “No lo sé, pero lo que sí sé es que tienen 30 minutos para abandonar el edificio. Recuerden que sólo pueden sacar objetos personales, el resto hará parte de una investigación federal”, respondió mi jefe.

Así terminó mi primera experiencia laboral de tiempo completo. Trabajé dos años en la energética Enron en Houston, entonces una de las compañías más grandes del mundo. Mi trabajo consistía en hacer modelos econométricos de predicción de precios de mercados no líquidos como papel, basura y materiales reciclables. Luego hice lo mismo, pero con precios de energía.

Lo que siempre me llamó la atención de Enron fue su apetito infinito de hacer dinero. Todo eran números, ganancias, márgenes y precios, sin importar lo que en el fondo se estuviera haciendo o a quién estuviera afectando. Fue así que entendí que una de las cosas más malas de dedicarse a los números es que supersimplifican todo y sepultan la humanidad que se esconde tras ellos. Las ganancias son números, las pérdidas por lo general son tragedias humanas.

Enron era la energética más grande del mundo, tenía gas, petróleo y energía. En el 2000 se le acusó de haber manipulado redes de energía en California para crear apagones y así hacer subir el precio de la electricidad en medio de un verano insoportable que dejaba hasta muertos en la calle. Su quiebra se debió a múltiples factores, entre ellos la avaricia total, falta de claridad en sus estados financieros y una profunda certeza de que nada le pasaría a sus altos ejecutivos, que gozaban de incómodas cercanías con el presidente de turno.

Cuando veo la crisis energética del país noto mucho de lo mismo que llevó a la quiebra a Enron. Una avaricia infinita por parte de las generadoras de energía que se comieron recursos provenientes del cargo de confiabilidad, unos estados financieros que no han sido revisados ni entendidos por los entes de control ni por la CREG y unos ejecutivos literalmente enchufados con el poder que se creen intocables por la ley.

Como en Enron, los que pagan son los que menos tienen la culpa. En el caso de Colombia, somos los usuarios los que tendremos que financiar y soportar la mala actuación de los que nos trajeron hasta acá. No sólo perdimos el dinero que se nos cobró para supuestamente preparar a las energéticas y enfrentar un escenario como este, si no que también tendremos que sacrificar el consumo de energía y, como si fuera poco, nos echarán la culpa si no ahorramos lo suficiente para evitar un apagón generalizado.

En este escenario son múltiples las quejas por el incremento reciente en los llamados cortes programados de energía, principalmente en la Costa, en barrios de Cartagena, Barranquilla, Turbaco, Maicao, Puerto Colombia y Riohacha, donde a veces la luz desaparece de 4 a.m. a 4 p.m.

También hay molestia en algunos sectores de Bogotá, como Galerías y Cedritos, en donde denuncian cortes que antes no tenían. ¿Casualidad?

Al final de la historia de Enron, la justicia llevó a la cárcel a altos ejecutivos; los empleados, que no tenían nada que ver con los planes macabros de sus jefes, recuperaron algo de sus ahorros, y el sector energético atravesó por un proceso de reestructuración y regularización. Ojalá en Colombia empecemos desde ya a castigar a quienes nos hacen este tipo de daños. Los señores de la CREG y los ejecutivos responsables de haber utilizado mal los fondos que les dieron para evitar esta situación deben pagar por sus actos, de lo contrario nos seguiremos encamando con los mismos hampones de siempre.

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