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Va a ser difícil controlar la inflación con el cambio a $3.400.Pero lo será más conseguir un crecimiento del PIB “decente” si siguen subiendo las tasas de interés.
El viernes anterior el precio del dólar rompió las marcas históricas y se situó en $3.409,82, un 9% más que el pasado 31 de diciembre y un 84.7% (¡!) más que en julio de 2014. Los efectos de la devaluación en el índice de precios lo llevaron, al 31 de enero, hasta un 7,45%, la cifra más alta desde 2002.
Las medidas del Banco de la República han estado, en la superficie, encaminadas a controlar la inflación y se han centrado, hasta ahora, en el aumento de la tasa de interés.
Llama la atención que miembros de la Junta Directiva del Banco recomienden seguir subiendo intereses hasta 7,0-7,5%, antes de que ese aumento consiga el objetivo de restringir la demanda, es decir, estrangular el crecimiento de la economía con consecuencias nefastas. De acuerdo con su criterio, con una economía desacelerada no hará sentido subir las tasas, pero sí lo hace, según ellos, inducir ahora la desaceleración (¿?).
El objetivo, en todo esto, es conseguir el retorno de la inflación a niveles del 3.0 anual, luego del 7.45% al que llegamos el pasado enero que empieza a imputarse, por parte de las autoridades monetarias, apenas ahora, a los efectos de la devaluación en la inflación , aunque son perfectamente conscientes de que una reducción de precios no depende de una restricción de la demanda, conseguida a punta de subir los intereses, sino de la “esperanza” en una secuencia mejoramiento del clima- aumento de cultivos-baja en los precios, como lo explicó la semana anterior el gerente del Banco de la República.
Pero a pesar de esas expectativas, en cultivos como el arroz la producción mecanizada aumentó en 2015 un 28%, niño incluido. Pese a ello, los precios han aumentado ahora por los efectos de la devaluación, también, en el que se importa o se introduce como contrabando. Así que, pese a las esperanzas del Doctor Uribe, no es difícil que en el segundo semestre de 2016 ocurra exactamente lo contrario con la inflación si la devaluación no se detiene.
Por otra parte, la esperada reducción de la inflación, como consecuencia del aumento en las cosechas, no es automática. El trigo, con el que se produce el pan, por ejemplo, es totalmente importado y no es dable esperar un aumento nacional de la oferta. Ni muchos otros productos, insumos o bienes de capital, más sensibles a la devaluación que a variaciones en la tasa de interés.
Si se observan los componentes de inflación anualizada (7.45%), los alimentos fueron responsables de un 3.49% pero vivienda, que no tiene que ver con aumento o disminución de cosechas, lo fue en un 1.88% y el rubro “otros gastos” triplicó su participación, mientras comunicaciones, salud y vestuario la duplicaron. A estas alturas de la inflación comenzamos a buscar responsables “Rio arriba”: a propósito de la discusión Ministerio de agricultura- gremios, los márgenes de intermediación no han cambiado como para explicar el incremento de precios y, por si acaso, en 2015 tampoco se sintieron tanto los paros campesinos.
La verdad es que América Latina y los productores de petróleo y materias primas han sentido el impacto, unos más que otros, de la coyuntura internacional que se ha expresado en devaluación e inflación asociada. Es equivocado resolver un problema cambiario restringiendo la demanda, aunque con unas tasas mundiales pegadas a cero las internas deban ser mayores que la devaluación para promover la llegada, y evitar fugas, de capitales, o pensando que una reestructuración productiva del campo resolverá problemas de precios en el corto y mediano plazo.
En resumidas cuentas la subida de tasas no es una medida para detener la inflación sino la devaluación, aunque no se diga. Es incompleta y tardía. Y va a afectar el crecimiento y el empleo. Por cierto ¿Por qué no se tomó medida alguna cuando el dólar comenzó su disparada?