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En Europa, como en Estados Unidos, el miedo está produciendo cambios en la política. ¿Sucede en Colombia lo mismo?
La seguidilla de atentados en Europa y las masacres, aparentemente sin sentido, en Estados Unidos, multiplicados por la exposición mediática, ha despertado una oleada de miedo dejando en evidencia la impotencia del Estado. Las “limitaciones” de las sociedades democráticas. Damnificado inmediato, además de las víctimas, es la credibilidad de las instituciones de gobierno.
En la Francia de Hollande, el país más afectado, la oposición de la señora Le Pen y Sarkozy reclama, y ofrece, autoritarismo; en Alemania, la oposición xenófoba hace lo propio y responsabiliza a la canciller Merkel de manifloja en la prevención del terror y en su política migratoria; en Estados Unidos el señor Trump obtiene, como en sus negocios, utilidades políticas al señalar que “Lo ocurrido en Orlando es sólo el principio. Nuestro líder (Obama) es débil e ineficaz». La representación política a la “derecha”, en las tres más importantes democracias occidentales, “celebra” las debilidades, no solo de los respectivos gobiernos si no del Estado que, en medio de esta avalancha, enfrenta al terrorismo tratando de mantener las Libertades ciudadanas. Un problema tan grave; un asunto de Estado, se ha convertido en una bandera de la mala política.
En un escenario en que la salida más fácil es endosar ese terror a una “guerra milenaria”, con cruzadas de por medio, la explicación más informada y clara la ha proporcionado, otra vez, el Papa Francisco al afirmar “Hay guerra por intereses, hay guerra por el dinero, hay guerra por los recursos de la naturaleza, hay guerra por el dominio de los pueblos. Esa es la guerra. Alguno puede pensar que estoy hablando de guerra de religiones. No. Todas las religiones queremos la paz. La guerra la quieren los otros. ¿Entendido?”.
El terrorismo trata de desestabilizar a los gobiernos, lo que no es suficiente para destruirlos pero si para desacreditarlos, creando un clima de zozobra y falta de autoridad. En una situación parecida, crisis económica incluida, se produjo el ascenso de Hitler. Un primer cambio en la política pareciera ser, ante el “fracaso”, o incapacidad, del sistema y las instituciones, imponer la necesidad de un salvador, como quiere presentarse el señor Trump.
El momento es más complicado por el desencanto mundial en la política y su incapacidad ante asuntos que el sistema no ha logrado tramitar ni resolver. Corrupción y “empobrecimiento” de las finanzas públicas son algunos de ellos. Estamos en un periodo de crisis, también de la Democracia, pero quienes ven su final están equivocados: ¿Disponemos de un sistema mejor?
Desde un punto de vista metodológico, es un error calificar al régimen político sin evaluar el sistema en su conjunto: Vale la pena plantearnos preguntas del tipo ¿Puede funcionar el Estado Nación, como si nada hubiera pasado, en una globalización no reglada? O, ¿Hemos hecho los ajustes institucionales y políticos correspondientes a las revoluciones tecnológica y digital? O ¿Pueden los Estados nacionales resolver, por si mismos, problemas globales como corrupción, tráfico de drogas, terrorismo, cambio climático o evasión?
Mientras tanto en Colombia la explicación puede ser más sencilla: el miedo, que deja ver aun su rostro presionando a favor o en contra del plebiscito, no nos condiciona más porque ya lo hizo. La guerra sembró los cimientos de la “derechización” de un país en que el Estado hace prevalecer, finalmente, su razón, dejándonos el último coletazo del miedo: un sentimiento de venganza o revancha. Una tarea por resolver en el espíritu de muchos compatriotas.