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La decisión del procurador catapultó la imagen de Petro. Mientras el país divide “simpatías” ¿Qué pasa con Bogotá?
Por estos días, el filtro de las preferencias ideológicas sirve a los colombianos para situarse de uno u otro lado en esta que parece una pugna entre un procurador, calificado como derechista, y un alcalde destituido, que se califica a sí mismo como la exclusiva encarnación de las izquierdas, dejando preguntas por responder acerca de si la capacidad legal que tiene la procuraduría no aplica para la incompetencia, la razón en el fondo de la polémica decisión.
Pese a que otros gobernantes e incluso políticos como Piedad Córdoba habían corrido con la misma “suerte”, recién ahora nos dimos cuenta de los alcances del mandato constitucional y los super poderes del procurador, solo menguados por el momento político y el proceso de Paz que, según el alcalde, pudiera resentirse. El asunto se ha convertido en uno político por lo que, tarde o temprano, lo resolverá la Corte Constitucional, como dijo ayer el Fiscal.
Pero la suerte se sitúa del lado de Petro, cuyo equipo hasta días antes de la destitución manifestaba que su proyecto no terminaba en la alcaldía sino que se trataba de proyectar una imagen nacional para llevarle a la presidencia después. Una como la que empieza a tener: si quería la alcaldía como trampolín y para adquirir notoriedad no necesitó todo el mandato si no la mitad. El procurador, apenas, le “ayudó”.
Las preferencias personales del procurador han servido a sus detractores para cuestionarle consiguiendo solidaridad con Petro de muchos que antes cuestionaban su administración. Algo parecido ocurre con los promotores de su revocatoria, descalificados por amplios sectores de opinión por pertenecer a una derecha trasnochada que ha perdido sus espacios políticos en Bogotá pero de manera oportuna u oportunista quiso aprovechar los evidentes errores de Petro. Mejor dicho: después del fallo el alcalde hizo amigos que no tenía como consecuencia de la polarización. De buenas.
Pero, mientras tanto, ¿qué pasará con una ciudad de ocho millones de habitantes que vuelve a padecer un limbo administrativo e institucional? Aparte de los pretextos ideológicos y de política, ¿no es este un problema de administración?
La verdad es que Petro y su equipo no conocían la ciudad debiendo hacer un curso, sobre la marcha, de “bogotanologia” y gestión pública. El mismo alcalde reconoció públicamente su fracaso en el episodio de las basuras que finalmente motivó su destitución; casi no logra conformar un equipo de gobierno que no ha encontrado estabilidad (en 24 meses le han renunciado 24 funcionarios de primer nivel, uno por mes. Un récord); en 2012 solamente ejecutó el 47% de su programa bandera Bogotá Humana; en ese mismo año, en una ciudad con graves problemas, dejó sin ejecutar el 33% del presupuesto de inversión del IDU y el 26% de las empresas del distrito; emitió y reversó un cobro irresponsable de valorización; el trancón mantiene la tendencia a empeorar; el prometido metro es apenas un dibujo etc. etc., todo eso sin “ayuda” del procurador.
Es tan de buenas el alcalde que su destitución se produce en un momento álgido del proceso de Paz, lo que le permite argüir persecución política encontrando solidaridad incluso de las FARC a quienes todos preferimos haciendo política que violencia. Esperamos que la Paz se logre pero eso no excluye que los recursos públicos se administren bien. Lo que ocurre debe ser, también para ellos, una experiencia que enseña acerca de la eficiencia en la gestión pública .Ayer nada más dijo Petro a un diario español: “el país no está preparado para un gobierno de izquierdas”. No estamos, según él, a la altura de su gran inteligencia ¿Lo que para él es la izquierda sí está preparada para gobernar? El suyo no es propiamente un buen ejemplo y a otros podría irles mejor: a Antonio Navarro y a Jaramillo, su secretario estrella, no les fue mal en sus gobernaciones, ni a Camilo González en su ministerio, ni al M 19 en la Constituyente en que hicimos la norma que ahora no le sirve, por ejemplo.
El autor de estas notas no firmó la revocatoria del alcalde. Como Liberal raso, considera, tal vez como él, que una de las funciones del Estado es la redistribución por la equidad y el progreso social; pero eso es diferente a desaprovechar los recursos y necesidades de una ciudad inmensa, demostrando, a toda hora, que el tamaño de su ego y afán de protagonismo son infinitamente superiores a su probada incapacidad para administrar.
@herejesyluis