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Las cifras del censo dejan ver un país que ha cambiado y progresado, en el que, sin embargo, subsiste una notoria desigualdad.
Los resultados del ejercicio, punto de partida para cualquier análisis, balance, diseño de políticas e inversión; es decir, para orientar los recursos de la sociedad , debe decirse, no se diferencian tanto de los pronosticados, basados en el censo del 2005 y permanentes ajustes, estudios y estimaciones. Ello habla bien de la suficiencia e independencia tecnológica e institucional del DANE, consistente ante los efectos políticos inherentes a los cambios de gobierno. Una labor que debe ser reconocida y protegida, como patrimonio vital de los colombianos.
De entrada, el incremento de la población, al pasar de 43.3 millones en 2005 a 48.2 en 2018, un 6.5%, es bastante inferior al crecimiento del PIB en el mismo periodo, un indicador superficial que, en cualquier caso, confirma la ausencia de “desastres” y un rumbo, en principio, aceptable en el desempeño de la economía, en un periodo en que el globo atravesó su peor crisis en décadas. Una comparación con el promedio de países en la región y el mundo lo pueden confirmar.
Mientras se maduran y conocen los datos en detalle, entre otros significativos, por lo pronto, destacan la reducción de personas en los hogares, a 3.1 por hogar, y el aumento del número de estos a 14.2 millones; el estancamiento en el crecimiento de algunas ciudades; el incremento en la cobertura de servicios; el empoderamiento de la mujer; la confirmación del tamaño de la migración venezolana, y, definitivamente, el de la cobertura de servicios e internet, por su importancia en la economía, la educación y las expectativas de progreso del país, en esta era digital.
¿Parece extraño que el número de habitantes en Bogotá sea de “solo” 7.2 millones? No tanto: si calculamos los cientos de miles que se han trasteado a ciudades dormitorio como Zipaquirá, Chía, Soacha, etc. Mientras los que se van representan el 26.6%, los que han llegado son, apenas, el 14.9%.Un fenómeno similar ocurre en otras capitales como la querida Cartagena, ciudad donde, en teoría, todos quisiéramos vivir.
¿La mujer está “mandando”? Eso ha ocurrido desde siempre, pero, mientras en 2005 en un 29,9% de hogares eran formalmente reconocidas como jefes, hoy lo son en un 40,7%.de los núcleos familiares. Esta cifra puede compararse con el 51.2% en el total de población. Debemos esperar consecuencias en el diseño de políticas y asignación de recursos pero también en oportunidades y empleos en términos de equidad y proporcionalidad.
La cifra de compatriotas venezolanos emigrados, negada reiteradamente por el gobierno de ese país, se confirma: ACNUR la ha estimado, en los últimos cuatro años, en 4.000.000 de los cuales 1.300.000 vinieron a Colombia: El censo estableció que 355.000 llegaron solamente en el último año. Las cifras se corresponden.
La cobertura de servicios públicos, a pesar de indiscutibles avances que han llevado energía al 96.3% de los hogares y acueductos al 86.3%, sigue mostrando una marcada desigualdad; pendientes por superar que deben convertirse, de inmediato, en objetivos de gobierno: Mientras en Bogotá el 99.5%tiene agua de buena calidad, Amazonas, Vichada,Guainía, Chocó, Vaupés y San Andrés apenas tienen una cobertura entre el 21.9 y el 38.7%.
Capítulo aparte merece el acceso a Internet: el promedio nacional señala un importante y esperanzador 43.4%, con un techo de 74.6% en Bogotá pero un piso de 4.1% en Vichada y una cifra parecida en los antiguos territorios nacionales. La autopista de la información que el país necesita y tantos gobiernos ofrecieron, al igual que las vías, se encuentra por construir.
Son muchos los retos para Colombia que se desprenderán del censo, pero además de cuantos somos sabremos dónde estamos; conoceremos nuestra realidad y por tanto será más sencillo diseñar la ruta hacia dónde queremos ir. Al DANE y quienes hicieron posible esta enorme tarea nuestro reconocimiento y gratitud.
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