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La Paz de hoy

Luis Carvajal Basto
25 de septiembre de 2016 – 09:00 p. m.

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Con la firma del acuerdo entre gobierno y FARC, un hito en la historia de Colombia, estamos “resolviendo”, setenta años después, la violencia que comenzó con la renuncia de López Pumarejo y el asesinato de Gaitán. “Construir Nación” no se trata de ganar o perder, significa fortalecer las Instituciones y el Estado, cerrando el paso a nuevos conflictos.

Las FARC, en sus inicios, fueron una consecuencia de la violencia  desatada por un régimen sectario al que sobrevino una dictadura. Por eso  sus orígenes  se traslapan con el de las guerrillas Liberales de Dumar Aljure y Guadalupe Salcedo (Ver aquí fotografías de la entrega de armas y una historia cantada), pero eso fue  antes de  la  transformación que produjo el narcotráfico en la sociedad colombiana, en  la política y  naturaleza del  conflicto. El acuerdo que hoy se firma  señala  los límites entre un movimiento guerrillero con motivaciones políticas, como en sus comienzos, y la expresión  de grupos cada vez más permeados por el narcotráfico, como los  que no se acogerán al acuerdo.

El conflicto que hoy cerramos pudo subsistir por el combustible que facilitó el narcotráfico y la corrupción asociada, un hecho cierto que, lamentablemente, perdurará.

La historia de las FARC  fue  la de la colonización de territorios a donde el Estado no llegaba y aun  no llega. ¿Serán reemplazadas por otros actores? Eso depende de nuestra capacidad de fortalecer las instituciones, comenzando por las Fuerzas Armadas cuya preeminencia militar, respetando todos los derechos, debe ser salvaguardada.

Estas FARC que prefieren los acuerdos políticos son la última expresión de una época “romántica” inspirada en la revolución cubana. Al aceptar las reglas de una democracia en construcción,  renunciando a la violencia,  reconocen, de paso, lo que el mundo hace décadas comprendió: mejor la democracia con sus imperfecciones que cualquier forma de dictadura. En estos cincuenta y dos años  las FARC no son las mismas, pero nuestra democracia tampoco. Entenderlo, sin embargo, le costó mucho a Colombia. Con la firma de los acuerdos empiezan a dejar de ser parte del “problema” y comienzan, como todos los demás sectores políticos, a buscar  soluciones, sin matarnos.

Pero  nuestros pendientes siguen ahí y seguramente el más complejo sea el fortalecimiento y maduración de las instituciones del Estado: crisis de la Justicia; de los partidos, sin los que la democracia no es posible, y, sobre todo, la lucha contra una corrupción que siempre va pasos por delante de los intentos por combatirla.

Estando de acuerdo en lo fundamental, un Estado que propende por el interés general con un régimen político que reconozca mayorías , minorías y derechos, haremos mal si  seguimos pensando  que nuestro problema es solo  de normas y no de transformaciones culturales, incluyendo las conductas  políticas. ¿Necesitamos para eso otra constituyente, como se deja ver en el “acuerdo político” contenido en el documento que hoy se firma? Para una mayor y mejor participación, por ejemplo,  no se necesita otra Constitución; si no cumplir y desarrollar la que tenemos.

Luego del plebiscito y el triunfo del Sí que se vislumbra el domingo, de no producirse unos acuerdos mínimos entre la dirigencia  nacional, el juego de síes y noes, por cierto de una esterilidad que asusta,  se puede anticipar como eje  de la campaña presidencial y las futuras pugnas políticas. La manera como en casi dos siglos de vida republicana hemos resuelto  diferencias, en el proceso de construir instituciones, es un llamado de atención sobre lo que nos espera. Pasemos la página al tiempo que nos esforzamos para que la historia conocida, diferencias convertidas en conflictos violentos y soluciones que se aplazan a punta de politiquería, esta vez no se repita.

@herejesyluis

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