Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Las amenazas a Carlos Sánchez, luego de la derrota con Japón, nos hicieron recordar a Andrés Escobar y una época terrible para el futbol y Colombia. Más allá del extremismo propio de nuestro estado de ánimo, son una muestra de los rezagos de la cultura traqueta que debemos proscribir.
Los lectores más jóvenes tal vez no recuerden que en 1989 fue asesinado el árbitro Ortega mientras su amigo Chucho Díaz, el mejor de ese momento y uno de los más destacados de América, como medida de precaución dejó su oficio. Al suspenderse el torneo, se evitó que Millonarios, entonces en manos del narcotráfico, como muchos equipos, alcanzara otro campeonato. Cosas de mafiosos y de futbol. Barbarie. Poco tiempo atrás otro árbitro había sido secuestrado.
Pero no todo pasado fue peor. Antes del narcotráfico, que permeó el futbol y nuestras instituciones, generando enormes cambios culturales, las cosas eran diferentes. Recuerdo a las estrellas de Millonarios caminando desprevenidamente por calles y parques del Campin y Sears. Amadeo Carrizo, arquero de talla mundial, saludaba amablemente a los niños que nos acercábamos. Lo mismo hacían figuras como el nene Fernández; Silvio Farías y el nano Areán, nuestros vecinos, y Senén Mosquera, porterazo, quien se escondía en el apartamento de los Marzan Brieva de la vigilancia implacable del doctor Gabriel Ochoa, luego de sus amanecidas salseras. ¿Los hinchas te Santa Fe? Tranquilos, los admiraban o contradecían con respeto. Otras épocas. Otro país.
¿Barras Bravas? Ni idea. Lo peor de ellas vino después de los narcos, incluido el matoneo. Lo peor, desgraciadamente, pervive, como en las amenazas a Carlitos Sánchez. El mismo actuar de las llamadas barras bravas que , hoy día; en el mismo barrio, vacunan a los transeúntes que se atreven a salir los días de futbol; rompen ventanas y automóviles ; se enfrentan entre ellos y se asesinan, por llevar puesta una u otra camiseta. La zaga de los cambios culturales, para peor.
Nuestra selección debería ser, y en gran parte lo es, ejemplo de unidad. Aunque tampoco hubiese sido siempre así. Las disputas regionales, en parte herencia de las pugnas entre cárteles, no han permitido trabajar con tranquilidad a valiosos técnicos nacionales a quienes una y otra vez, por la razón que sea, les fabrican su salida. Los mismos que triunfan en el exterior, como nuestros jugadores con su magia.
Futbolistas y técnicos destacan a nivel internacional por su talento, pero también por la puesta en práctica de valores que les enseñaron y transmitieron sus mayores y formadores: respeto, esfuerzo, constancia, disciplina y trabajo honrado. Esa cultura ha tenido que convivir con la cultura traqueta: Ostentación; por la plata lo que sea; desprecio por la vida y sus conciudadanos y la violencia que fuere necesaria como modo de vida.
Los jugadores de la selección han alcanzado el éxito con su trabajo y el esfuerzo de sus familias, en la mayoría de casos. Son, y deben ser, un ejemplo. Las amenazas en las redes son el choque de las dos culturas. A nosotros, mucho menos a quienes se atrincheran en el anonimato para amenazar y esparcir sus malas costumbres, no nos deben nada.
Con Machado, pueden decir a esos malos hinchas y peores seres humanos: “Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. A mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago”.
Y así es. Ocurra lo que ocurra en los próximos partidos, les debemos y deberemos. Gracias querida selección.