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La convergencia de problemas raciales, desempleo y protesta social en Estados Unidos revela mucho más que excesos de los cuerpos policiales.
La polarización, fundamento de su victoria hace cuatro años, podría impedir su reelección, en un país necesitado de unidad para afrontar pandemia, recesión y 42 millones de solicitudes de desempleo, con una guerra fría en perspectiva y otra con las redes, hasta ahora su medio favorito para generar opinión. Un expresidente colombiano acostumbraba a decir: “No se puede graduar a todos como enemigos porque después ejercen”. En este caso se puede añadir: tampoco conviene hacerlo simultáneamente. El presidente Trump ha casado todas las peleas disponibles.
Las elecciones en Estados Unidos son, con los efectos de la pandemia, el hecho político más importante del año y, probablemente, en mucho tiempo. Se definirá en ellas, junto con el nuevo gobierno, el futuro de multilateralismo y el libre comercio y, cada vez se dice más, de los principios y garantías ciudadanas convertidas en manuales para el mundo desde las revoluciones estadounidense y francesa. En buena parte, se puede definir en esas elecciones el futuro de los modelos económicos reales, la democracia y el Estado liberal.
En la era de las redes, a partir de su estudio y el uso de algoritmos, se han revelado emociones, sentimientos y conductas íntimas de los ciudadanos, entre ellas una predisposición del cerebro hacia la división. Ese conocimiento, identificado en principio por Facebook con objetivos comerciales, fue utilizado por la mala política, con escasa ética y dudoso sustento legal, para sus propios fines. Su aplicación en las pasadas elecciones estadounidenses, con la asesoría de la firma Cambridge Analytica, pudo hacer una diferencia que dio la victoria a Trump a partir de información lograda desde 156 millones de cuentas de los ciudadanos del país en esa red.
Luego de la oleada de protestas las semanas pasadas, una consecuencia factible en la batalla por la reelección será la necesidad de un mensaje de unidad nacional que al presidente Trump se le hace difícil representar, sin desconocer que su postura recoge y expresa al 42% de ciudadanos que constituyen una base electoral hasta ahora inamovible. Pese a ella, si las elecciones fueran hoy perdería en el voto popular, como ocurrió en 2016, con un marcador 50%-42%, pero también en el colegio electoral con 183-125. Estados decisivos como Florida serían, en esta ocasión, responsables de su derrota. Incluso en las apuestas, en las que ganaba hasta el 26 de mayo 50,4%- 42,5%, pierde ahora 49,2%-46,8%. ¿Cómo ocurrió en tan poco tiempo?
¿Será “todo” consecuencia de la muerte de un ciudadano negro a manos de un policía? No se trata “solamente” de un problema de odio racial. Tampoco, del síndrome de la cuarentena, la recesión ni la suma de los tres. El estallido social, que perfectamente puede replicarse en muchos otros lugares, no se puede atribuir a la policía ni a errores reiterados de la justicia criminal. La polarización, en el origen del auge y declive del presidente Trump, también expresa los cambios de la sociedad digital pendientes de acoger por el sistema político, entre ellos el desempleo creciente y sin resolver como consecuencia de la automatización, pero no, como equivocadamente ha creído Trump, del libre comercio.
En un momento en que la mayoría de los observadores esperábamos la inevitable reelección de Trump —y con él, la del proteccionismo a ultranza, su exagerada ostentación de poderío, la ruptura del multilateralismo construido en la posguerra y el ambiente de zozobra en que el mundo se encuentra desde su elección por su errática gestión de las relaciones exteriores—, una combinación de hechos inesperados la cuestiona seriamente. ¿Durará la tendencia o se revertirá? ¿Será capaz un débil Joe Biden, ahora con la cercana asesoría de Obama, de canalizarla? Además de razones, que sin duda las tiene, necesitará anticiparse a un estilo de política impredecible y sagaz que ya derrotó a Hillary Clinton en las pasadas elecciones.
@herejesyluis