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Slim ¿Populista?

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¿Se puede aplicar la propuesta de uno de los más ricos del mundo para reducir la jornada laboral?

En principio, la idea de trabajar solo tres días a la semana, en jornadas de 11 horas y retirarse a los 70 o 75 años suena bien. En países como el nuestro dónde los tiempos de transporte son, en las grandes ciudades, una sobrecarga para el trabajador, parecería una permuta que equipararía la reducción de esos tiempos perdidos de transporte por tiempo libre para los trabajadores.

Por otra parte, el aumento en la edad de pensión podría empezar a plantearse como una solución para las deudas que las diferentes sociedades tienen con sus pensionados o próximos a serlo, lo cual propone un reto enorme a los trabajadores presentes y futuros y a los gobiernos que deben, en algún momento, asumir esa deuda pensional. En Europa, por ejemplo, donde la expectativa de vida ha aumentado hasta los 79 años, podría aplicarse sin problemas o en Estados Unidos, 78, pero no en Asia, 68, o en África dónde es apenas de 50.

Nunca antes como ahora, en esta era global, las decisiones laborales escapan a medidas puramente nacionales, lo cual hace suponer que la propuesta tiene un carácter mundial sin que exista manera de hacerla efectiva. Otra vez, se nota la ausencia de instrumentos globales de regulación efectivos a falta de homogeneidad en las naciones.

La realidad del mercado laboral, sin embargo, obliga a pensar en soluciones de corto plazo. De acuerdo con la OIT para los niveles de desempleo actual, por encima de 200 millones de personas, solo tendremos ofertas de trabajo de aquí al 2018, quedándonos pendiente la tarea de generar empleos para quienes ingresarán al mercado laboral desde ahora hasta esa fecha, existiendo elementos que complican las cosas: la tasa de desempleo de los jóvenes es más del doble de la general y tenemos en este momento más de 80 millones de ellos sin trabajo.

Para que un modelo como el propuesto por Slim funcione deberían producirse hechos que hoy parecen imposibles, como la igualación mundial de los salarios, las condiciones de trabajo y la productividad, para no hablar de la legislación.

Los salarios, por ejemplo, son una función inversa de las utilidades y en un mundo con libre movilidad de capitales las inversiones, y con ellas el empleo, fluirán hacia donde encuentren mayor rentabilidad. Un estudio realizado por el instituto Alemán de economía encontró que las diferencias de los costos laborales son enormes: mientras Noruega tiene un costo por hora de 57.85 euros, Alemania uno de 36.98, Japón uno de 29.56 y Estados Unidos uno de 25.87; países como Corea están en 17.11, Brasil en 8.73, México en 4.95 y China en 3.97.Para encontrar los niveles de competitividad, además de las diferencias cambiarias, debe considerarse la productividad.

Una iniciativa para reducir la jornada laboral como la propuesta por Slim, podría implementarse si variables como las señaladas fueran homogéneas, porque de lo contrario ocurrirían cosas como las que hoy observamos, pero aumentadas: gran parte de la producción manufacturera mundial se ha desplazado a China, país en que los salarios son bajos, la productividad alta y las normas ambientales laxas, propiciando desempleo en aquellas naciones en que antes se asentaban.

En conclusión, en el mundo de hoy la propuesta de Carlos Slim es impracticable, lo cual no significa que pierda por ello sus enormes méritos. El más importante consiste en constatar que no podemos seguir como hasta ahora, con un divorcio tan grande entre las normas laborales, diferentes en cada país, frente a la realidad de un mercado mundial de trabajo totalmente distorsionado, además de unas pensiones que, con muchos gobiernos quebrados, nadie sabe cómo se van a pagar.

@herejesyluis

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