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Las circunstancias que vive Colombia son críticas. La paz llega en un contexto no de consenso sino de polarización. Las legítimas aspiraciones sociales y regionales siguen insatisfechas. El curso de la economía no reduce sino que acentúa las desigualdades. La política se envilece, se deslegitiman las instituciones. Existe enorme incertidumbre.
El país tiene urgencia de propuestas y ellas no tienen forma de construirse sino mediante el diálogo, la controversia, el debate, el juego democrático de pluralidad. Todas y todos somos sentí-pensantes, filósofos y políticos.
Cada persona, cada colectivo social, imagina un país deseable por el cual existir, trabajar y luchar. Cuando una comunidad territorial o nacional tramita sin barbarie estas múltiples formas de sentir, pensar y crear está viviendo y creciendo en democracia. Eso es democracia: el juego institucionalizado de opciones para ser más libres y más felices realizando derechos y proyectos de vida.
Colombia está en transición de la guerra a la paz. Las transiciones contemporáneas, desde la dictadura o desde la guerra, son todas para pasar de menos democracia a más democracia. La política con violencia, con armas, plagada de corrupción y abuso de poder, xenófoba o fascista, resulta en todo tiempo un camino equivocado que deforma la política misma porque destruye las personas, las comunidades y su entorno vital.
No es lo mismo construir democracia en guerra que hacerlo en paz, la guerra constriñe las posibilidades de la democracia, inclusive puede anularlas totalmente. La paz es auténtica cuando favorece la dinámica expansiva de la libertad y la igualdad. La democracia no es tal si no es también democratización.
La paz es síntesis del proyecto democrático integral. La paz como proyecto de país apunta y apuesta a la democracia profunda. La construcción incesante de democracia se torna así en el más humano, más noble y más acabado quehacer de la política. Para recorrer este camino Colombia necesita un amplio y sostenido diálogo regional/nacional constituyente.
La primera conquista de la paz, el primer paso de la transición, es asegurar la vida de todos y todas como personas, comunidades, territorios, movimientos, partidos en un marco de efectiva apertura política democrática.
Aquí el propósito del diálogo regional/nacional es el acuerdo o pacto para terminar de sacar las armas de la política y desarmar los espíritus. Se acaba la guerra insurgente, se acaba la agresión paramilitar, se acaba el abuso de la fuerza por parte del Estado. Colombia requiere superar la polarización y abrirle todas las posibilidades al juego político de pluralidad.
Solo un gobierno comprometido con el cumplimiento de los acuerdos de paz puede realizar esta tarea fundamental de la reforma política y la apertura democrática que es condición sine qua non hacia la justicia social.
Jaime Álvarez, Rafael Colmenares, Manuel Manotas. Desde aquí expreso mi propia pesadumbre, ilimitada y honda, por la ausencia definitiva de los tres amigos nombrados, al tiempo que doy a sus familiares y allegados un estrecho abrazo de solidaridad. Los menciono a los tres porque se marcharon por los mismos días, hace un mes, pero ante todo porque los tres, en campos diferentes, imaginaron un país mejor y lucharon por él. Jaime, en el de la construcción de ciudadanía y la conquista de la paz política, Rafael, en la causa ambiental particularmente la preservación del agua y sus fuentes, Manuel, en el sindicalismo y la acción política transformadora. Los tres tuvieron un oficio que tiende a extinguirse: el de militante. Hombres que sin desmayo alguno trataron de traducir en hechos sus profundas convicciones. Grande su estatura humana, cultural, social y política. Los honraremos siguiendo sus imperecederas huellas.