Paz gatopardista

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A un mes de elecciones presidenciales no pueden ser más difíciles las circunstancias para la paz que se supone naciente en Colombia. Quienes la protagonizaron no tienen capacidad para sostener lo pactado ante la avalancha de impugnadores; quienes dicen defenderla son impotentes para hacerlo; quienes la combaten, con su avilantez maquillada, siguen en la punta de las preferencias electorales. 

Todas las plagas, como en el antiguo Egipto, afectan simultáneamente a la paz imperfecta que se logró acordar en La Habana y firmar, primero en Cartagena y, después del impróvido plebiscito, en el Teatro Colón de Bogotá el 24 de noviembre de 2016. 

Implementación tormentosa y altamente deficitaria, excombatientes aún en cárceles, sin seguridad jurídica, ni socioeconómica, ni física. JEP sin sentido de oportunidad para facilitar el paso inteligible de los insurgentes a la política. Estado incapaz de copar los antiguos territorios farianos, lo cual ha sido aprovechado por disidencias y otros grupos armados supérstites. 

Agresión implacable contra líderes sociales y excombatientes. Celadas a dirigentes del nuevo partido. Corrupción instalada en los nichos institucionales encargados de administrar los fondos de la paz, nutridos en gran medida con recursos de cooperación internacional.     

Los diálogos en Quito, prolongados sin atención al tiempo político, fatigan a colombianos y ecuatorianos, al punto que el gobierno del vecino país ha decidido no seguir siendo sede de los mismos. Secuestros y asesinatos, los más recientes de tres periodistas, perpetrados por grupos ilegales de origen colombiano, rebozaron la copa. 

Eln y Epl (disidencia) se enfrentan en el Catatumbo, imponen paro armado, se dan el lujo de jugar a la guerra entre ellos como si fuera un gozoso partido de futbol. El clan del Golfo que anunció acogimiento a la justicia dejó en veremos su propósito por falta de reflejos políticos en la institucionalidad.       

La comunidad internacional –ONU Derechos Humanos, Consejo Noruego de Refugiados, Misión de Seguimiento y Verificación…– ha sido clara en sus pronunciamientos sobre los protuberantes déficits y obstáculos de la paz, pero su incidencia es muy limitada para lograr un mejor desempeño de los diferentes agentes involucrados. 

De conjunto, las dos expectativas centrales de la paz: la posibilidad de expandir la política y el monopolio garantista de la fuerza en el Estado no se están dando. ¿Por qué ocurre esto con una paz galardonada con el Nobel en la persona del presidente y que goza de apoyo prácticamente unánime en el mundo?  

Respuesta breve aquí, más amplia en mi libro Paz naciente: desde el comienzo, desde siempre, la concepción de paz de las élites ha sido gatopardista: que todo cambie para que todo siga igual, que se silencien los fusiles insurgentes pero que nada cambie en la estructura de poder ni en las condiciones de vida de la gente. Paz para hacer mejores negocios, no para avanzar en equidad y ejercicio de derechos, no para hacer más y mejor política.

La guerra no fue un proceso de emancipación social, así por sus intenciones y su origen tuviera carácter político, ni fue guerra de legitimación de las instituciones porque ellas, en poder de la partidocracia descompuesta tradicional, han estado incursas en absoluta bancarrota moral. Nuestra guerra interna devino en guerra de autodestrucción. Acertamos en pactar la paz, no estamos acertando en construirla. La transición tiene todos los visos de convertirse en involución.  

Sin embargo los pueblos no se suicidan. Muchos pueblos hermanos quieren cooperar con nosotros. Hay una opción, una esperanza, una posibilidad: que se abra camino la inteligencia colectiva liberadora y avance la multitud inconforme, indignada, que llena plazas y exige cambio para que triunfe la vida sobre la muerte.   

Adiós, querido Marc. El día miércoles 18 de abril al comenzar la noche el mundo académico de la paz fue sorprendido con la infausta noticia del fallecimiento repentino en la ciudad de Cali del profesor Marc Chernick de Georgetown University. Enorme pérdida en un momento en que la paz de Colombia requiere de todos los esfuerzos intelectuales y políticos para salir adelante. El 22 de agosto de 2016 escribí nota en este diario en la que expresé: “Chernick es un scholar americano-colombiano, amplio conocedor del país, el conflicto armado interno y los intentos por superarlo políticamente. Su reflexión viene de atrás como que en 2008 Ediciones Aurora publicó su libro Acuerdo posible, solución negociada al conflicto armado colombiano”. Pocos días antes el profesor Chernick había dictado una conferencia en la Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP) en la cual, “con rigor impecable y fácil exposición, ofreció a los presentes el conjunto de elementos que, según su visión, han hecho posible el actual proceso”. Marc, casado con colombiana, ya fallecida, e hijos colombianos, era persona de extraordinaria amabilidad. Siempre cordial y amistoso dispuesto a intercambiar sobre el tema que lo apasionó desde 1980 cuando llegó por primera vez al país, poco después de la toma de la Embajada de República Dominicana por el M-19: la paz de Colombia. Lo vi por última vez hace unas semanas en inmediaciones de la Universidad de los Andes donde era docente de posgrado en temas de paz por convenio con su alma mater en Washington. Adiós, querido Marc. Echaremos mano de toda tu sabiduría para que la paz sea una realidad.    

lucho_sando@yahoo.es

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