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Reconciliarse es distinto a cesar la guerra. La guerra como confrontación extrema con su propósito y su capacidad de dar muerte al otro puede terminar y, sin embargo, no la enemistad u odio que la inspiró. Infortunadamente ello puede ocurrir y expresarse en diferentes formas, abiertas o soterradas. Por eso al empeño de silenciar los fusiles es preciso que siga el otro empeño sustancial: el de la reconciliación.
De ahí la enorme importancia del encuentro que tuvo lugar el miércoles 19 de julio entre excomandantes de las Auc y excomandantes de las Farc-EP. La proeza fue fruto de la gestión de dos destacadas figuras, muy distintas pero complementarias: el padre Francisco de Roux S.J., líder espiritual, y Álvaro Leyva Durán, hombre de la política, incansables ambos durante décadas en busca de la salida política.
Este insospechado encuentro se realiza en la tranquilidad del barrio La Soledad de Bogotá, cuando en el país hacen ruido sectores empecinados en mantener vivo el Programa del Odio (Editorial de Arcadia 142, 27 de julio), pero también cuando el país está en un intenso proceso de preparación de la visita del papa Francisco, que se anuncia como un primer gran paso espiritual y cultural en el camino de la reconciliación.
“En los últimos años, gracias a las redes virtuales y a la comunicación en internet, se ha hecho (más) obvia la continuidad histórica de un programa de odio que viene de décadas atrás en Colombia. El odio no es una categoría general y abstracta, sino que casi siempre surge en un contexto y tiene una historia que lo explica… El odio, dice Carolin Emcke (Contra el odio, 2016), no se manifiesta pronto, sino que se cultiva. Todos los que le otorgan un carácter espontáneo o individual contribuyen a seguir alimentándolo”.
Reconciliación es el tránsito de la enemistad a la amistad. Quienes antes se destruían ahora se reconocen, respetan y construyen mutuamente. Parece sencillo, pero no lo es. En el proceso de la reconciliación entran el develamiento de la verdad de lo ocurrido, el perdón de unos para otros, la disposición a un nuevo relacionamiento positivo, la posibilidad de participar juntos en un mismo emprendimiento social, económico o político.
La reconciliación se piensa, se diseña, se practica, tiene sus propias inspiraciones, sus caminos, procedimientos y objetivos. Puede darse entre cercanos que se volvieron lejanos, entre parejas, comunidades, ejércitos, pueblos, clases, naciones, generaciones. La reconciliación se construye sobre la memoria cuando esta se invoca no para la venganza sino para el reencuentro. Memoria transformadora.
Vías de reconciliación son el pedido y la oferta de perdón sinceros, tender la mano y darse el abrazo cuando lo dictan mente y corazón, asociarse para algo digno, hacer pactos éticos, de convivencia, de no violencia, de no armas en la política, de uso democrático del monopolio de la fuerza, de respeto por la naturaleza, de justicia para los desposeídos. La reconciliación es un proceso personal y colectivo, una construcción a la vez cultural, espiritual, social y política.
Del afortunado encuentro en La Soledad (19 de julio) el país tiene que pasar prontamente a la reconciliación como tendencia, como hecho social generalizado, como triunfo político de la concordia sobre la barbarie, el terror y la polarización extrema. Reconciliación de Estado y sociedad, de economía y vida, de política y decencia, de pluralidad y democracia, de partidos y ciudadanía.
La Semana por la Paz (3 al 10 de septiembre), coincidente con la visita del papa Francisco (6 al 10), será un momento extraordinario para dar impulso a la reconciliación en sus múltiples y variadas formas.
Virginia Bouvier. Profunda conmoción me produce la partida de Ginny Bouvierm, de la que acabo de enterarme. Ella conoció y amó a Colombia. Trabajó incansablemente por la paz de nuestro país desde el Instituto de Paz de los Estados Unidos. Aparte de su extraordinario testimonio de vida, su libro Colombia: Building Peace in a Time of War (2009), que me anunció y no alcanzó a entregarme en español, es un inspirador legado. Honor a su nombre y paz en su tumba.