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El martes 3 de septiembre se hizo un reconocimiento a mis modestas contribuciones a la acción ciudadana por la paz. Este generoso gesto fue iniciativa de monseñor Héctor Fabio Henao García del Secretariado de Pastoral Social, Lucho Celis Méndez de la Red Prodepaz, Fernando Sarmiento Santander del Cinep Programa por la Paz y Luis Emil Sanabria Durán de la Presidencia Colegiada de Redepaz, en el marco de la trigésima segunda Semana por la Paz.
En el acto, realizado en el auditorio Regina Apostolorum de la Conferencia Episcopal, monseñor Henao hizo hincapié en el mensaje del papa Francisco en su visita al país hace dos años referido a la reconciliación y la cultura del encuentro; Sanabria lo hizo en el concepto de territorio y cultura de paz que identifica la actual Semana por la Paz, y Sarmiento, en la idea contenida en mi último libro —Paz naciente (2017)— sobre la necesidad de un amplio movimiento ciudadano, social y popular con capacidad de hacer realidad la paz como proyecto de país.
En reciprocidad con los aportes de los convocantes, en mis palabras esbocé la idea de que el cambio cultural, el tránsito de relaciones depredadoras a relaciones estéticas, esto es, la reforma del alma de colombianos y colombianas, en todos los ámbitos, es la principal de las reformas que requiere la paz y la más difícil de realizar. Aquí, para el debate y para la prueba de la práctica social, una sucinta presentación de la idea.
La sempiterna “crisis” de la sociedad colombiana no se reduce a la existencia de un conflicto armado interno de naturaleza política, por ello la superación de la misma tampoco se circunscribe a los acuerdos con las insurgencias políticas. El reclamo y clamor de paz no surgen solo ante una violencia, sino ante una situación de violencia multiforme (política, familiar, contra mujeres y niños, callejera, delincuencial, económica, institucional, contra la naturaleza…) que necesita un enfoque holístico e integral. Para que la paz se sienta en la vida cotidiana de campos y ciudades y, por ende, tenga amplísimo apoyo, es preciso emprender la desactivación de todas las violencias.
Larga historia tiene la caracterización de que el régimen colombiano es una mezcla de orden y violencia que ensombrece la vida de la nación prácticamente desde su formación como república independiente hace 200 años. Si es tan grande la complejidad del proceso colombiano, hay quienes hablan incluso de una sociedad enferma, se requiere una visión más integradora para clarificar el camino de la acción eficaz hacia la superación de la violencia.
Los trazos básicos de esa visión podrían describirse así: la transición colombiana hay que asumirla como el paso de una situación de semidemocracia poblada de violencias a una de democracia creciente sin violencia. Vivimos sumergidos en una maraña de relaciones depredadoras en todos los espacios territoriales y sociales que es preciso trocar por relaciones estéticas (mutua creación, recreación, confianza y corresponsabilidad). Los actores sociales y políticos que compartimos la paz como proyecto de vida y de país —vivir, buen vivir y convivir— no podemos seguir sólo empujando el carro de los destinos nacionales y de cada comunidad territorial, es preciso que, como inmenso sujeto plural transformador con vocación de poder y de gobierno, asumamos la responsabilidad de conducirlo.
El mayor de todos los retos de la transición de la guerra a la paz en Colombia es hoy el reto cultural. A la par con la reforma económico-social y la reforma política, como soporte e inspiración de ellas se requiere la reforma cultural. Es el alma de la sociedad colombiana la que tenemos que transformar para asegurar condiciones de no repetición o reincidencia en la guerra. Es un cambio profundo a la vez intelectual y moral, es un verdadero nuevo sentido común el que se necesita.
Se trata de dejar atrás el homo homini lupus y acceder al homo homini amicus desde el interior de cada persona y cada comunidad. Hay que superar la externalidad y lejanía de la paz para que se convierta en una auténtica vivencia emancipatoria de cada uno y cada una. Las comunidades de fe tienen mucho que aportar en este campo. El sentido de hermandad, el amor eficaz, el altruismo tienen aquí la mejor oportunidad para realizarse como lo sugiere la leyenda de san Demetrio en la estepa rusa (Camus, Los justos).
Indispensable pensar y sentir de otra manera, de manera más humana. Necesitamos más libertad y mayor igualdad, las dos cosas, no la una sin la otra. Más sensibilidad y responsabilidad por la suerte de la casa común, el planeta (papa Francisco, Laudato si’). La pacha mama de nuestras comunidades ancestrales. Eso para que nuestros hijos y nietos vivan días mejores que los nuestros.
Así como vamos, autodestruyéndonos, no podemos seguir. La tragedia de inhumanidad, depredación y exterminio que estamos padeciendo hay que detenerla, nosotros y nosotras podemos hacerlo, en coalescencia con muchos otros y otras. No es el conflicto social lo que se acaba, pero sí su trámite de extrema polarización y muerte. Se impone tomar la decisión de ser razonables: entrar por el camino de una democracia de alta intensidad, recrear la política, direccionar la historia.
Realismo y audacia: la paz ya no fue el catalizador del cambio, pero los cambios sí pueden viabilizar la paz. Los acuerdos de paz identifican parte de los cambios necesarios. Falta un énfasis, una prioridad, una centralidad: potenciar, sin demora, sin pausa, la reforma del alma. Desarme de los espíritus o reedición de la guerra, transformación cultural o barbarie. Ese será en adelante el santo y seña.
Agradezco a quienes se hicieron presentes en el acto de reconocimiento y a quienes han mandado amables mensajes, incluido don Fidel Cano, director de este diario. Más consciente soy ahora de que aún falta mucho trecho para que la paz naciente llegue a ser paz floreciente.