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CUANDO UN TRANSFORMADOR eléctrico se revienta, crea miles de cortocircuitos, saltan chispas, se queman los artefactos, hay incendios. Eso mismo nos está sucediendo a los colombianos. ¿Qué pasa con el Presidente? ¿Qué son esas batallas en las que se ha metido con las Cortes, con los periodistas y con cualquiera que le contradiga algo? ¿De dónde sale esa agresividad tan poco apropiada para un dignatario en un Estado de Derecho? Pareciera que prefiere el matonismo antes de que le descubran algo.
¿Y qué pasa en la Casa de Nariño, donde usan métodos non sanctos para defenderse de una serie de acusaciones? Mientras tanto, el jefe del liberalismo devuelve la pelea en un tono de poca altura, imputándose mutuamente con el Presidente actos delictivos. Y esto se llama “la clase dirigente”. Quienes deben dar ejemplo de dignidad, honradez y respeto están haciendo todo lo contrario. Por eso, no es de extrañarse que el mal ejemplo cunda y se irradie al común de la gente.
El colombiano está en corto circuito. Todos los días hay un hecho peor que el del día anterior. Da miedo leer prensa o prender un noticiero. ¿Será que para tapar todas las cosas que están sucediendo se valen de la mentira y la vulgaridad? Porque la verdad es que hay muchas cosas que no están siendo controladas: hay más violencia, los niños en los colegios se apuñalan, la gente se insulta más. Hay balas perdidas que matan, hay linchamientos. Se botan sistemáticamente residuos tóxicos en las calles.
La ley de Justicia y Paz sólo se cumple en el papel porque los paramilitares siguen delinquiendo y reproduciéndose. Algunos militares siguen amangualados con los narcoparacos. La Policía está altamente corrompida y eso tiene triste al general Naranjo. Las Farc siguen cometiendo atentados, aunque no todos vienen de ellos, como quieren hacernos creer. Cada vez que estalla un petardo o hay una masacre, automáticamente las autoridades salen a decir que son las Farc; según parece, este es el único enemigo considerado por el Gobierno, además de, claro, sus opositores.
Pasan cosas horribles, propiciadas por la política de las recompensas, ¿o es que está bien que un guerrillero mate a su jefe y le corte una mano para llevársela de trofeo al Gobierno? Este es el pésimo ejemplo que se está dando al ciudadano común y corriente. Es un estallido, es un cortocircuito, se están quemando las buenas costumbres, la honorabilidad, parece que todos los que se enfrentan de esa manera tan baja tuvieran sombras escondidas en sus pasados. Aquí es donde deberíamos ejercer y hacer valer nuestros derechos de ciudadanos, dentro de las normas civilizadas, con protestas pacíficas, por ejemplo.
Tenemos, en las próximas elecciones, que modificar con el voto estas prácticas altamente perjudiciales para nuestro bienestar y el de Colombia. No existe ningún motivo –no debe existir ni en las mentes más caldeadas– por el que haya que generar más agresividad y violencia. En un país en cortocircuito es muy difícil generar cosas positivas y buenas. Y las que hay se van enredando y confundiendo, debido al caos que generan la corrupción y las malas costumbres, que le cierran el paso a un ambiente sano para la democracia.