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DESDE EL ASESINATO DEL JOVEN Juan Pablo Arenas por parte de un “jíbaro”, el 31 de diciembre en la calle 85 de Bogotá, se ven policías patrullando el sector de día y de noche, hasta en el Parque El Virrey, donde ya se había dicho en los medios que atracaban, vendían droga, había habitantes de la calle rondando y hasta hubo un asesinato de un muchacho. Y nada pasó. Vale recordar que en este sitio hay un CAI de la Policía.
Es bastante intimidador ver tanto policía, ciertamente; pero lo que no se entiende es que a pesar de las quejas de los vecinos del sector, desde hace por lo menos dos años, inclusive en Zona, de El Tiempo, sobre los muchachitos tomando trago en la plazoleta de Carulla, haciendo mugre y ruido, el espacio público lleno de vendedores ambulantes, ofreciendo desde perros calientes hasta trago y drogas, las autoridades no habían tomado cartas en el asunto y, como siempre, lo hacen ya cuando la situación explota de una manera fea. No les ponen atención a las quejas de los ciudadanos y no hay planificación para evitar el desmadre. En esta zona se estaba infringiendo la ley, que manda no tomar licor en espacios públicos. No vender licor a menores de edad. No a los vendedores ambulantes sin licencia que se van pegando a los sitios donde hay desorden para vender drogas. El colegio Médico de Bogotá comentó su preocupación por la cantidad de menores intoxicados con alcohol y drogas y heridos por riñas que llegan a la Clínica del Country. Nada pasó. Hasta el asesinato de Juan Pablo que produjo el estallido. Sin embargo, tampoco ha sido el único muerto en la Zona Rosa.
La Alcaldía tomó medidas: habrá toque de queda para los menores en la zona, como lo hay en otros lugares más. Sólo pueden vender licor las licoreras y las cafeterías en las áreas establecidas por el reciente decreto, hasta las once de la noche, pero como decía Claudia Castro de “Código de Acceso”, en una columna en El Tiempo, más bien habría que cerrar los “chuzos” que les venden trago a los menores. Pero lo que es más importante: que no haya indiferencia, como hasta el momento, de las autoridades y de los padres de familia. ¿Qué demonios tienen en la cabeza los padres de estos niños para dejarlos que anden sueltos a esas horas de la noche?
Además de las medidas policivas, sería muy importante implantar unas medidas educativas, de cultura ciudadana para los padres, en primera instancia, para los borrachos y yo diría que también para la Policía que se va a hacer cargo del tema. No debe ser a punta de bolillo limpio; tampoco los policías deben dejarse comprar por una botella de trago. Claro que si estas medidas se extienden a otras zonas de Bogotá, donde dejaron que la delincuencia se adueñara, pues tendrá que ser a otro precio. Vale más un acompañamiento de las autoridades en los sitios de rumba para que, con su presencia, eviten que estén allí los menores de edad y eviten que haya “jíbaros” vendiendo drogas. Que estén atentas a que se cumplan las normas, por ejemplo, que haya salidas especiales en caso de incendio; que cumplan con el horario de rumba. Otra cosa que no se debe pasar por alto es que los locales no produzcan ruido ambiental que enerva a la ciudadanía.
En Colombia se espera a que haya una tragedia, muertos… bastantes, y ahí sí se toman medidas de choque. No está de más atender las quejas de la ciudadanía. Y planificar las acciones.