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Kailash Satyarthi y Malala Yousafzai, flamantes ganadores del Premio Nobel de Paz 2014, provienen de dos países, India y Pakistán, nacidos con un día de diferencia en 1947, tras el traumático parto que dejaron dos siglos de dominación británica en el subcontinente indio, durante los cuales la corona británica logró alienar a las comunidades hindú y musulmana al punto que la convivencia en un mismo Estado se hizo imposible.
Un decreto del Parlamento británico de junio de 1947 determinó la partición del subcontinente entre hindúes y musulmanes, dando origen a dos estados, mellizos, que salidos del mismo vientre han transitado por caminos divergentes.
India es una vibrante democracia, multicultural, multilingüística y multirreligiosa de 1.200 millones de habitantes, con extraordinarios avances en ciencias, medicina, tecnología, software, transporte, exploración espacial, satélites y agricultura. Es el principal exportador de servicios del mundo, ostenta una notable producción cinematográfica y es estandarte de una cultura milenaria que legó a la humanidad el yoga, el budismo y multifacéticas formas de espiritualidad. Unos seiscientos millones de indios han salido de la extrema pobreza en las últimas décadas, aunque unos trescientos millones aún la padecen.
Pakistán, por su parte, ha pasado por una serie de regímenes militares y débiles gobiernos civiles supeditados a la voluntad de las Fuerzas Armadas. En 1971 sufrió, con la intervención de India, la sangrienta secesión de su región oriental, convertida en Bangladesh; enfrenta organizaciones separatistas y yihadistas; exhibe un catastrófico Índice de Desarrollo Humano, y ocupa un penoso lugar al tope de la lista de estados fracasados. El país es víctima de innumerables atentados suicidas contra chiitas, el asesinato de cristianos y ataques a instituciones gubernamentales.
Pakistán e India han disputado tres guerras, enfrentan el conflicto por Cachemira, aún sin resolver, y apuntan sus misiles nucleares uno contra el otro. India ha sufrido innumerables ataques de grupos terroristas apoyados por Pakistán.
Los galardonados con el Nobel de Paz simbolizan la lucha contra lo más oscuro de sus sociedades, a la vez que su causa tiene alcance global. Malala, enfrentando a organizaciones radicales islámicas, defiende el derecho de las niñas a la educación, un valor no tan universal como se quisiera. El Nobel de Malala lo celebrarían las 300 niñas nigerianas desaparecidas de una escuela hace meses, olvidadas ya por la humanidad, y en decenas de países donde las niñas son discriminadas.
Satyarthi, menos conocido en Occidente que Malala, enfrenta uno de esos lunares que aflige a la India emergente: la explotación del trabajo infantil en industrias como el tabaco, las alfombras, los textiles, la fabricación de ladrillos, la agricultura y otras, pero el flagelo de la explotación infantil existe a lo largo y ancho del planeta. Dos nobeles que proyectan las vergüenzas de sus propios países y las de muchos más.