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En pocos días ya, el mundo, incluidos nosotros, se olvidará de la VI Cumbre de las Américas. ¡Que no se justifica el gasto!, es una crítica populista.
Los países tienen derecho a mostrarse ante el mundo con sus mejores galas, al igual que una familia de cualquier estrato gasta lo que no tiene en el matrimonio de una hija. El dinero invertido en la cumbre no se iba a gastar en salud o educación o en mejores jarillones. ¡Que Cartagena es una ciudad con mucha pobreza! Siempre lo ha sido y el objetivo de la cumbre no era superar la pobreza de Cartagena.
¡Que la cumbre no sirvió para nada! Sirvió para lo que sirven las cumbres: promocionar al país y la ciudad anfitriones y establecer contactos personales e institucionales entre los tomadores de decisiones.
¡Que no se lograron consensos! Se sabía desde antes, y como en cualquier cumbre los temas políticos terminaron prevaleciendo. Así ha sido en las cumbres sobre el cambio climático, el desarme, la no proliferación y otras. Cristina Fernández no podía esperar que una cumbre donde participan Canadá e islas anglófonas del Caribe, que tienen a la reina Isabel como cabeza de Estado, apoyaran a Argentina en el diferendo de las Malvinas.
Los 31 presidentes, sentados alrededor de una mesa, cada uno con seis minutos de derecho a la palabra, no estaban en el escenario para lograr consensos. Por eso las declaraciones se preparan con antelación y las cumbres sirven para avalarlas. En esta cumbre el tema de Cuba terminó hundiendo la declaración final. El único grupo de países cuyas cumbres tienen relevancia y alcance global en la actualidad es quizás el G20, cinco de cuyos miembros estaban en Cartagena. Empalagosa resultó la autopromoción de algunos medios.
El álgido tema de la lucha contra las drogas le fue adjudicado a la OEA y podría ser un salvavidas para el moribundo organismo, que tiene los recursos para hacer un análisis profundo y presentar recomendaciones novedosas, siempre y cuando la política no lo impida. Lastimosas las conclusiones de la llamada Cumbre de los Pueblos, un mamertismo trasnochado, con consignas mandadas a recoger.
El problema quizás más grave de la gran mayoría de los países al sur del río Grande, incluido Colombia, es la fragilidad institucional y el círculo vicioso con la corrupción, el crimen organizado, la pobreza y la inequidad. Romper este círculo es el más importante desafío de muchos de los países del continente y no se trató en la cumbre. ¿Panamá 2015? Amanecerá y veremos.