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Rehenes asesinados

Marcos Peckel
29 de noviembre de 2011 – 06:00 p. m.

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Los cobardes asesinatos cometidos por las Farc contra cuatro indefensos uniformados que llevaban más de una década en cautiverio en la selva, encadenados a árboles, es sólo una pequeña muestra de la sevicia y degradación de grupos para quienes la vida de seres humanos inocentes e indefensos carece de valor alguno.

Estas situaciones de rehenes colocan a los gobiernos en situaciones imposibles, obligándolos a tomar trascendentales decisiones con implicaciones políticas, humanitarias y de poder. Hace pocas semanas, en medio de un enconado debate, Israel liberó a mil prisioneros a cambio de un soldado que llevaba cinco años secuestrado.

En 1972, durante la olimpiada de Múnich, Alemania, 11 deportistas israelíes que habían sido secuestrados por un comando palestino murieron en la operación de rescate de las fuerzas alemanas cuando uno de los terroristas lanzó una granada dentro del helicóptero donde los secuestrados esperaban su destino. En 1979, estudiantes iraníes secuestraron a 54 diplomáticos en la embajada americana en Teherán. La operación de rescate organizada por las fuerzas especiales de Estados Unidos fracasó estrepitosamente cuando dos helicópteros se estrellaron. 444 días duraría su cautiverio hasta que fueron liberados por los ayatolas.

En octubre de 2002, terroristas islámicos chechenos se tomaron el teatro Duvrovka en Moscú y a cambio de liberar a los 850 asistentes exigieron la retirada de las tropas rusas de Chechenia y el fin de la guerra en esa región del Cáucaso. El gobierno ruso, en cabeza de Vladimir Putin, decidió lanzar un gas tóxico a través de los sistemas de ventilación matando a secuestradores y rehenes. En la misma Rusia, en la ciudad de Beslán, en septiembre de 2004, una escuela fue ocupada por un comando terrorista islámico también de Chechenia, convirtiendo a centenares de niños en rehenes. La operación terminó con la muerte de 380 personas, incluidos 176 niños.

El debate sobre si rescatar o ceder desgarra a las sociedades, coloca en muy difícil situación a los familiares de las víctimas y, si el desenlace es sangriento, genera una sensación de impotencia y rabia en la sociedad que, así se manifieste en las calles, no cambiará la actitud de los criminales.

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