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Concebido quizás para el bipartidismo o si acaso para una tripleta, el sistema parlamentario en varias de las democracias enfrenta una crisis producto del surgimiento de nuevas fuerzas políticas que han atomizado los parlamentos, haciendo más difícil confeccionar o mantener las mayorías necesarias para gobernar.
Las Cortes Generales en España operaban de maravilla cuando sus inquilinos eran únicamente el PSOE y el PP. El partido mayoritario establecía el gobierno y nombraba al presidente. Esto se acabó, por ahora. Tras la aparición de nuevos partidos, España lleva años de crisis en su sistema político, pasando largos meses sin gobierno en propiedad o como ahora, teniendo que convocar nuevamente a los ciudadanos a las urnas tras el bloqueo originado en los comicios del pasado mes de abril. Situación similar vive Alemania, bastión de estabilidad política que, tras las últimas elecciones federales, con la irrupción de nuevos partidos, pasó meses sin gobierno hasta que Merkel revivió una debilitada alianza con la social democracia.
Dos países, Israel e Italia, conviven hace décadas con parlamentos fragmentados, por lo que han desarrollado la cultura de la construcción de coaliciones. Sin embargo, sus gobiernos, sujetos a mantener las mayorías parlamentarias han sido en numerosas ocasiones de corta duración, debido a cambios en el balance entre las múltiples fuerzas en el parlamento, lo que conlleva a reiteradas mociones de censura y elecciones. En Italia las usuales volteretas de “circo romano” en su parlamento acaban de reconfigurar el gobierno dejando por fuera a la ultraderecha antinmigrante Liga del Norte. Israel acaba de repetir elecciones tras el fracaso de constituir una mayoría en el parlamento en abril pasado.
Construir una coalición de gobierno para lograr mayorías parlamentarias constituye el arte sumo de la negociación política. Sobre la mesa están las ideologías, programas de gobierno, reglas de juego y puestos. Todo es negociable, varios cubos de Rubik simultáneos en el que mover una pieza en uno desbarata lo logrado en otro.
Desde el referendo del Brexit, el Parlamento Británico en su mayoría opuesto a la decisión del soberano ha estado en permanente agitación, mostrándole sus dientes al ejecutivo, sea el de May, rechazado su plan de salida de la UE o el de Johnson, bloqueándole su intención de irse sin acuerdo. Pareciera que la separación de poderes en el olimpo de la democracia está funcionando. Habrá que ver sin embargo, qué parlamento surge en unas próximas elecciones tras la estela de caos sembrada por el Brexit.
La crisis en el sistema parlamentario, de la cual podría surgir su remedio, es reflejo de las dificultades que enfrenta la democracia en general en un mundo fragmentado, que sufre altos niveles de ansiedad, unas clases medias cuya zona de confort se ha reducido, proliferación de autócratas vendedores de milagros e instituciones internacionales que hacen agua en defensa de la democracia, modelo que Churchill denominaba el “peor de los sistemas excepto todos los demás”.