Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Como trasfondo a los hechos que son noticia en el mundo emergen algunas tendencias globales.
Los recientes resultados de las elecciones en España apuntan a una crisis del bipartidismo tradicional en varias democracias. La sociedad actual, más informada y empoderada gracias a la tecnología y la educación, es también más segmentada y la oferta de los partidos tradicionales ya no atrae a todos, por lo que surgen nuevas alternativas. Sólo Estados Unidos, hasta ahora, se ha salvado de este fenómeno.
Una tendencia en apariencia contraria a la anterior, pero que refleja las falencias de los sistemas políticos, es la perpetuación en el poder. Cada vez parece más difícil para un individuo posicionarse frente a su sociedad como capaz de liderarla. A los manidos líderes del ALBA, a Putin, Erdogan y otros que a través de acrobacias constitucionales se han perpetuado “legalmente” en sus puestos, se agregan líderes que aparecen frente a sus electores como los “únicos capaces de gobernar”: Netanyahu en Israel y Merkel en Alemania son ejemplos de esta tendencia. Los regímenes autocráticos existentes se afianzan y el “inevitable” ascenso del sistema democrático liberal que parecía arraigarse a comienzo del milenio, ha revertido.
Otra tendencia es la falta de liderazgo geopolítico global para enfrentar crisis, guerras y conflictos, lo que ha dado paso a una anarquización del sistema internacional. El rol que mal que bien cumplió Estados Unidos durante las primeras dos décadas del milenio a través de la utilización de su capacidad militar, económica y diplomática, no ha sido asumido por ningún Estado y el experimento de la OTAN de intervenir en la “primavera” en Libia terminó en un rotundo fracaso. La guerra civil en Siria es una trágica demostración de la falta de liderazgo para detener un genocidio y una colosal crisis humanitaria. Sin embargo, como demostró la relativamente rápida erradicación de la epidemia de ébola, la comunidad internacional puede enfrentar unida amenazas de esta naturaleza.
Una tendencia manifiesta en países ricos y pobres es la irrupción de separatismos, nacionalismos, sectarismos religiosos, étnicos y lingüísticos que amenazan la unidad y supervivencia de los Estados.
La desigualdad cada vez mayor al interior de las sociedades, exacerbada incluso en periodos de gran crecimiento económico, es una de las más preocupantes tendencias que cuestiona la legitimidad del modelo económico pero que no ha generado hasta ahora una respuesta política adecuada más allá de un pernicioso populismo o el regreso a modelos fracasados.