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En la actualidad, la preocupación por la productividad se lleva por delante la posibilidad de ocuparnos por construir una vida personal, familiar o social que tenga sentido.
En todos estos contextos, la meta de tener o ganar más no nos permite preguntarnos ni siquiera por las consecuencias que tiene para nuestra familia, empresa o país esa compulsión a acumular.
Lo claro es que nos estamos perdiendo lo esencial: las relaciones humanas plenas son redes de vínculos emocionales y amorosos a través de los cuales nos enraizamos y desarrollamos pertenencia y solidaridad, cuando compartimos la visión de un futuro seguro y pleno para todos.
Que en un país existan poblaciones que han perdido la posibilidad de legar para sus hijos un porvenir mejor, y que hoy se han convertido en estadísticas de la marginalidad, es señal de que no hemos sido capaces de crear un modelo socioeconómico que nos permita cumplir con lo esencial: cuidarnos unos a otros.
Que en el mundo del trabajo se pueda pretender que un empleado es sólo alguien que desempeña una labor, como si fuera una máquina, y no una persona con sentimientos, metas y proyectos, nos muestra que ignoramos que la pasión y la creatividad son el bien más preciado, si se trata de construir una prosperidad de la que todos podamos participar.
Que en la intimidad de la familia los cónyuges se traten como si debieran cumplir con las obligaciones que les corresponden y que sus sueños no tengan espacio en la convivencia cotidiana, evidencia que hemos olvidado que el logro de los anhelos compartidos ocurre cuando en el presente la conversación llega hasta los rincones más profundos del alma y del corazón del otro.
¿Será que podemos darle la vuelta a este proceso y entender que la productividad es un medio y no un fin? ¿Será que podemos crear una forma de vida digna para los seres humanos? Podemos darle la vuelta a este proceso, si nos detenemos a buscar dentro de cada uno de nosotros el sentimiento que nos inunda cuando notamos que la productividad material se lleva por delante nuestro sentido de vida.
Probablemente encontraremos que surge la experiencia de la compasión. Ella nos muestra que nuestras vidas están más conectadas de lo que percibimos y que desde esa sabiduría podremos comprometer nuestra productividad para elevar la calidad de la vida de todos nosotros.
Si esto ocurre seremos capaces de vivir en una clima de prosperidad social y familiar que ofrezca un futuro con sentido a nuestros descendientes, espacios laborales donde se pueda ser creativo y autónomo y familias en las que el corazón vibre con amor. Una sociedad donde la productividad sirva a los propósitos de lo esencial.