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El miedo nos polariza y nos paraliza

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Estamos hechos para reaccionar de forma contundente frente al peligro, nuestro pensamiento se hace más claro, es capaz de ver todos los aspectos de una situación y escoger la mejor defensa, más aún, elegir entre las posibles conductas la más bondadosa y justa.

Sin embargo, cosa muy distinta sucede cuando el peligro se convierte en cotidiano. El miedo nos paraliza y polariza, nos volvemos prevenidos, cualquier estímulo puede ser una señal de alarma, confundidos reaccionamos fuertemente a cualquier palabra o acción que sea opuesta a nuestros intereses.

No estamos hechos para vivir de manera constante en la desconfianza, confiar es una necesidad existencial. Es explicable que quienes han vivido en la inseguridad y en el miedo aunque sus pensamientos afirmen la importancia de detener las infinitas guerras no sepan como salir de ellas.

No es raro, por ejemplo, que en nuestro país los defensores de la “paz” ataquen e irrespeten de forma violenta a quienes manifiestan reservas o desacuerdos.

Es obvio que caminar por las calles de una ciudad sintiendo que cualquier extraño puede ser un atacante, imaginar la convivencia con personas que hasta ayer eran nuestros enemigos, que creen que les hemos hecho daño o que han causado dolor para nosotros y nuestros seres queridos, sin duda exige de nosotros un gran crecimiento espiritual.

Hacer las paces entre enemigos no es como darse la mano en el jardín infantil con el niño que tumbó mi castillo de arena, hacer las pases y convivir con quienes consideramos o con quienes nos consideran sus enemigos ancestrales nos obliga a hacer cambios profundos en nuestra manera de pensar, sentir, conversar y actuar.

Los modos emocionales y las formas de pensamiento requeridos para vivir en las trincheras, donde al tomar decisiones sobre la vida y la muerte de compañeros y enemigos la sensibilidad humana se ve expuesta a escenas desgarradoras y, en no pocas ocasiones, a actos de crueldad extrema, dejan cicatrices en el espíritu de las personas.

Trascender estas experiencias y llegar a mantenerse sereno, equilibrado y con la mano extendida frente a los que antes eran mis enemigos, es algo que solo muy pocas almas son capaces de lograr. Nelson Mandela requirió 9.000 días de reflexión, aislamiento y soledad para autoconvertirse en el líder de la nación del Arco Iris, Gandhi se autodisciplinó para construir una estructura de carácter en la que la austeridad, el coraje y la decisión de no matar a nadie le costó la propia vida.

¿Estamos nosotros, los colombianos y nuestros líderes, haciendo de la reflexión interna, de la austeridad y de la humildad una práctica cotidiana que nos permita avanzar como nación hacia nueva etapa espiritual?

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